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domingo, 21 de diciembre de 2025

Carpanta comiendo

Portada de Súper Carpanta n.º 42, Octubre de 1980.

Zipi y Zape, petándolo en clase. Felicidades, chavales. Seguid así y en treinta añitos tendréis un blog sobre paleotebeología que hará las delicias de adultos que aún meriendan. 
Vamos a desbancar un mito: pese a que el sino trágico del personaje era "quiere comer y nunca lo consigue", yo he visto a Carpanta comer bastantes veces. Y no se me puede acusar de leer a Escobar exhaustivamente, así que las instancias de las que yo he sido testigo no serán tan raras. Del mismo modo, aunque los ceros y las calabazas están tan presentes en las historietas de Zipi y Zape como el balón, los castigos corporales o los secundarios que parecen creados para una serie de Antonio Mercero, yo les he visto sacar dieces e incluso obtener sus tan anheladas bicicletas.

¿Qué vengo a decir con esto? Pues que la posguerra no fue pa tanto. No, es broma. Lo que vengo a decir es que las "reglas" que un autor impone a su personaje son menos reglas que directrices, como decía Barbossa. En un corpus tan vasto como el de un autor de Bruguera (Escobar dibujó a Carpanta entre 1947 y 1985 como mínimo), esas pocas transgresiones sólo cementan la premisa de la serie: la excepción hace la norma. Los autores, además, saben cómo romper esas reglas sin que todo se desmorone. Aunque la historieta en que Zipi y Zape sacan sendos dieces sea la única que has leído en tu vida, sabrás que no es lo habitual.

(Acabo de caer en que seguramente es por Escobar que conozco el determinante sendos. ¿Sabéis cuando la gente dice "tal cosa que leí en un libro u oí en una serie tiene piso gratis en mi cabeza"? A veces son cosas útiles.)

* 

Las no escasas ocurrencias de Carpanta comiendo me vinieron a la cabeza hace unos meses cuando estaba hojeando Superhumores y me di cuenta de un patrón curioso. Esta es una historieta de Mortadelo y Filemón que la Página No Oficial de M&F data de 1980. Cuelgo sólo la primera viñeta y la última:


No creo que haga falta una sinopsis de las seis páginas que median entre estos dos extremos. Básicamente, el antagonista es un señor armado con un aerosol que te congela al instante, y las dos catástrofes calvas, en un raro acceso de competencia, consiguen derrotarle y darle a probar su propia medicina. Final inmitigadamente feliz, sin hospitales ni persecuciones, y con ruptura de cuarta pared y todo. "Felices pascuas, queridos lectores."

La navidad parece un motivo de peso para permitir a M&F una tregua en su retahíla de fracasos. Retrocedamos unos años, por ejemplo, a 1973. La historieta se titula "¡La conquista de la Tierra!". Aquí, el final: 

Otra: "Joe Tapón", 1966: 

No todas las navidades son felices, ojo. Esta es "¿Pavo o pollo?", 1962:

Ojo a Ibáñez con pelo. Sólo hacía tres años que creó a M&F.

Cuando planeaba este post, lo confieso, buscaba confirmar una teoría, o prejuicio, de que los finales felices para Mortadelo y Filemón son más comunes en historietas hechas por ectógrafos. Las muestras que he encontrado, sin embargo, no me dan la razón estadísticamente. Sólo la de 1980 es claramente de Ramón Casanyes; la del 66 no tiene firma, pero la Página No Oficial la atribuye a Ibáñez; de la del 73 cabe poca duda. 

Mi impresión, aun así, sigue siendo que los ectógrafos tienden a ser más flexibles con la regla no escrita del final catastrófico, la persecución, y el "Mortadelín, Filemoncete, salgan, salgan". Una razón es que la historieta corta (4-8 páginas) como la que sale en un extra de navidad es más probable que la haga un dibujante apócrifo, porque Ibáñez suele estar concentrado en las historias largas cuyos episodios salen en la revista Mortadelo regular. Otra es que, como ya explicamos en su día, los ectógrafos, frustrados por el anonimato, buscan innovar mientras se les permita, probar cosas nuevas, llevar los personajes a su propio terreno. Hasta cierto punto, puede incluso que quieran distanciarse un poco del cinismo de Ibáñez, cuyos finales amargos no siempre son causados por la incompetencia o mala fortuna de los protagonistas, sino por su ocasional y demostrada mezquindad.

El contraste entre los dos terremotos de Ibáñez y los de Escobar, de hecho, es muy interesante. Zipi y Zape, hasta donde yo sé, eran traviesos, sí, y desgraciados, pero nunca malas personas. Lo cual no impedía que los finales felices fuesen tan raros como en M&F. Escobar no era un cínico. Lo que me lleva a preguntarme si Ibáñez tenía más éxito porque sí lo era. Conjetura que, en sí misma, es cínica.

(Si alguien tiene la impresión de que estoy escribiendo tal cual pienso, sin intención de desembocar en ninguna tesis interesante, hola, qué tal, me llamo Edgar, bienvenidos a mi blog.)

* 

Cálmate, Carpanta, que ahora llego a la conclusión. Que te piensas que vengo aquí con el artículo planeado y el guion hecho. Que no soy Escobar, ¿eh? Soy más bien Ramis. 
Una cosa sí está clara: la navidad en los tebeos parece una excusa plausible para subvertir expectativas y permitir a los personajes lo que el resto del año se les prohíbe en nombre de la regularidad: cumplir una misión, sacar dieces, comer. 

Yo, que tengo una relación complicada con la navidad, veo una lección ahí: si incluso una editorial tan encasillada en sus propias reglas como Bruguera, tan casta y tan timorata y tan agarrada a "lo que funciona", sabía aflojarse un poco el corsé al menos un mes al año, creo que podemos todos. No hace falta celebrar la navidad para seguir la corriente al cristianismo, al capitalismo, o a gente que no te cae bien, pero mola celebrarla para cagarse en la regularidad, porque los días del año que no celebras nada tampoco molan mucho. Mola hacer algo especial, sorprender a tu público. Sorprenderte a ti.

Rompe normas. Sé Carpanta, y come. Él lo hace.

domingo, 28 de julio de 2024

Rovira - Cinco amiguetes (o "La nostalgia os sienta tan bien")

 

Una cosa que me sorprende de mi colección de tebeos infantiles es que salen muy pocos niños. Bruguera no creó un monopolio de cómic infantil/juvenil; lo creó de cómic. Pero cuando estableció ese imperio (cuarentas y cincuentas), todo el cómic en España se consideraba infantil. La censura no hubiera tolerado una escena andergráun donde florecieran los Crumb patrios, incuestionablemente adultos. 

El resultado: un róster amplísimo de personajes de humor, pero que no parecen hechos para atraer a los niños. Vaya, en pocos países los niños crecen leyendo peripecias de señores calvos con gafas. Tintín, Spirou o Spider-man parecen creados para gustar a la quitxalla, pero en España, los niños se agarran al único cómic que existe, el que Bruguera ofrece, fraguado en la posguerra y obligado a ser a la vez divertido y (por mor de los artistas) descarnado retrato social. Aventuras de muertos de hambre, de hermanas solteronas, de sirvientas pánfilas... Joder, que un tío se presentó en Bruguera diciendo "mi nuevo personaje: es un decorador", y alguien respondió "esto a los niños les encantará". ¿Os parece normal?

Zipi y Zape, de Escobar.
Les detesto.

Dicho esto a modo de prólogo jeremíaco, había personajes infantiles, sí. Los principales, cómo no, Zipi y Zape. Sólo que a mí, sus aventuras de colegiales con corbata, con sus gags de calabazas y sacudecolchones, siempre me olieron a antigualla. Son niños del mismo modo que lo es Benjamin Button. Desde sus páginas, los siglos nos contemplan. Me viene a la cabeza una historieta de Z&Z en que salía un farolero: el señor que encendía las farolas de la ciudad una a una porque aún eran de gas. Venga, hombre. Dame a leer el Mío Cid, ya puestos.

¿Qué otros personajes realmente infantiles recuerdo? Pues Roquita, de Gosset; Aníbal, de Rojas; Montse, la amiga de los animales, de Enrich... Y luego, una serie de la que guardo tan poca memoria que es sobre la que he decidido escribir hoy: Cinco amiguetes.


Segis y Olivio, de Rovira, en 1976.
Etapa vazquesca.
Jaume Rovira i Freixa nace en Sentmenat en 1951 y llega a Bruguera en el 69. Pupilo de Escobar y entintador durante unos meses de Vázquez, es de la quinta de Esegé y March —otro vallesà y compañero de estudios—. Su obra más conocida en Bruguera es la serie Segis y Olivio, de profesión traperos (¡paf!, otro bofetón de posguerra en toda tu cara, niño incauto que venías a leer algo ameno mientras meriendas pan con nocilla). No obstante, caída Bruguera, Rovira es de los pocos que continúan en las revistas revividas por Ediciones B, y sigue allí hasta su final. En los Mortadelos de los 90, la tétrada de grandes rellenadores son Cera, Ramis, Maikel y él. 

Piluca, mismo autor, ca. 1989. Primera viñeta muy deudora de Jan. Basándome sólo en el letrero que se ve a medias, me apostaría una cena a que esa primera viñeta es el pueblo natal del autor.
Rovira es de estos cuatro el menos fecundo, y el de influencia más clásica (o sea, viejo). Pero esto le sienta bien. Hacer menos páginas que Ramis —nota: Ken Follett hace menos páginas que Ramis— le permite prodigarse en el dibujo. Y ahí ganamos todos, porque Rovira dibuja MUY bien. Hay documentación, hay paisajismo, hay minuciosidad, hay ecos de Uderzo. Hay tintes autobiográficos, lo cual siempre es bueno: uno dibuja mejor aquello que ama. Hay finísimos detalles de caracterización: Segis y Olivio conducían un Dos Caballos; Piluca cambia de ropa y peinado en función de las modas. Rovira es de los dibujantes que te encuentras hoy en un tebeo y piensas: "¿Cómo es que este tío no estaba haciendo cómic franco-belga?".

(La respuesta es sencilla: Sentmenat no está en Franco-Bélgica.)

Cinco Amiguetes es una serie creada en 1978, pronto instalada bajo las cabeceras de Zipi y Zape —súper, extra y sin plomo—. La premisa es de una literalidad intachable. Cinco chavales. Son muy amigos. Tienen un perro, que sería el sexto amiguete (plot twist!). Juntos forman una pandilla tan variopinta como permitía la escuela Bruguera o, siendo realistas, cualquier pandilla de amigos en una ciudad mediana de Catalunya en los setenta. La misma heterogeneidad de Verano Azul o Los Goonies. De hecho, para esos lectores de neurona laxa que lloran por la "diversidad forzada" en Star Wars, Cinco amiguetes representa una zona de confort. "¿Qué tal si metemos un gordo?" "Por qué no, siempre dan risa." "¿Y alguien con gafas?" "Buena idea, juguemos la carta intelectual." "¿Y una chica?" "Venga, un día es un día." "¿Y un negro?" "Eh eh eh pero esto qué es, ¿la ONU? ¡Basta de politizarlo todo!"

Doble página preciosa cortesía de Humoristan. (Por "cortesía" quiero decir que la he chorizao. Lo siento.)

La Panda, de Segura.
No es lo mismo.
Mi colección particular, que amén de exigua se encuentra a nueve mil kilómetros de donde estoy escribiendo esto, incluye tan poco material de los 5-A que soy incapaz de sacar siquiera sus nombres (por orden en la imagen de arriba: Juanjo, Nacho, Manolo, Bibi, Tato, y el perro Pirata. Gracias, Wikipedia). Aún tengo menos material cuando me doy cuenta de que Cinco amiguetes no es lo mismo que La alegre pandilla, una serie distinta creada por Segura (Roberto Segura, 1927-2008), ni que La Panda, ¡otra serie creada por Segura!

Superman y Clark Kent en la misma habitación: portada de F. Ibáñez de un Súper Humor (1a época, núm. 28, 1979). Salen todos los miembros de Cinco amiguetes (al fondo) y tres de La Panda.

Sí es bastante material para afirmar que Cinco amiguetes es una serie pausada, cosa rara en mis tebeos. Hay pocos gags, y menos memorables, pero el dibujo lo compensa. Las viñetas invitan a sentarse y reflexionar. Yo igual comía demasiado azúcar de niño para advertirlo. Pero lo advierto ahora. (Y aún como muchísimo azúcar.)

Foto de mierda, cortesía mía. Edgar blog bueno.

Ibáñez se arrepintió públicamente alguna vez de crear una serie de tres protagonistas como Chicha, Tato y Clodoveo, cosa que parece obvia siempre que se deshace de Chicha a la que puede (grave error). No creo que Rovira se arrepintiera de sus cinco personajes titulares; diría que lo planteó así para poder elegir cada semana. No tengo ninguna historieta en que salgan los cinco, pero las hay. Y claramente, cuando tocaba sacar a la plantilla entera, Rovira no bajaba el listón del dibujo:

Lo dicho de los ecos uderzianos. Si es que no hay como colorear con amor.

Sin embargo, que poco después el autor crease otra serie, Piluca, que podría ser la misma niña con el mismo perro y sin más guarnición, confirma que no necesitaba a una multitud para hablar de lo que quería hablar: de aventuras, travesuras, largos veranos y amistades inquebrantables.

Y una apostilla: es curioso que March y Rovira estudiasen juntos —lo dice él— porque no podrían ser dibujantes más distintos. March, todo rayas alargadas e histrionismo. Rovira, redondeado y tranquilo como una excursión campestre. Son el efecto bouba/kiki del cómic brugueril.

Contraste: March ca. 1987 vs. Rovira, 1978.
 

El final de la serie es el mismo de todas las series que discutimos por aquí: que B abandonó las revistas de cómics, y Jaume Rovira se pasó a la animación. Hoy estará jubilado. Supongo. No he querido molestarle. No puedo molestarle; no tengo su teléfono; soy un señor que hace un blog con los calzoncillos en la cabeza. No pidáis peras al olmo.

El legado de los Cinco amiguetes es relativo. Menor que el de Segis y Olivio, diría. Lo cual me parece tan predecible como injusto, porque S&O era cuadernismo gris, mientras que 5-A era modernidad y optimismo. Me ha gustado descubrir que tuvieron un álbum Olé, La fiesta de disfraces, del que estoy considerando seriamente pillarme una copia, y en números extra de la revista Zipi y Zape (1972-86) llegaron a tener historietas de hasta catorce páginas. Las cortas solían servir de relleno en Olés de Z&Z. Y poco más.

Y eso es lo que me parece irónico. Porque hoy día, cualquier proyecto narrativo que quiera apelar a nuestro niño interior, a la nostalgia en que nos refugiamos para escapar de la distopía que es el siglo XXI, tira sin rubor del recurso de la pandilla infantil: de las aventuras por vacaciones, bicicletas, acampadas, y pactos de lealtad eterna firmados a los once años.   

Dos productos de nostalgiaxploitation elegidos completamente al azar.

Lo cual parece indicar que si hoy alguien, inspirado por este blog o, más probablemente, por el dinero, resucitase a los Cinco amiguetes para una puesta al día o una adaptación hecha desde el respeto, el cariño y la molaridad, tendría números de convertirse en éxito. La fórmula está más que probada. Niños pasándolo bien. Es lo que funciona.

Es lo que debería haber funcionado en los ochenta, en realidad. Pero estábamos ocupados leyendo señores calvos con gafas. Yo qué sé.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Tebeos de niñas

Esto que viene hoy es una reflexión mía, y si alguien ya ha escrito una tesis sobre ello, os ruego que no me lo digáis. En serio. Me da rabia la gente que se empeña en buscar en su puto iPhone los datos precisos de alguna cuestión sobre la que podríamos estar especulando tan ricamente.

La cosa es: si algún día reinventamos la revista juvenil al estilo Mortadelo, deberíamos considerar seriamente si el tebeo no es cosa de niñas, más que de niños. O, por lo menos, cosa de ambos.

Se me ocurren dos argumentos para apoyar esto que digo. El primero: en 1990, Ediciones B saca un suplemento sabatino con su diario El Periódico llamado El Tebeo. Hay quien lo llama Nuevo El Tebeo, porque sucedía a otro suplemento anterior, en formato de diario, al estilo de El pequeño País. Recuerden lo que digo, que es importante: esto era un suplemento de prensa. Llegaba a tu casa sin pedirlo siempre que tus padres fueran de esa tribu incomprensible de personas que han de estar informadas.

Estas portadas se las he pillado a Tebeosfera, por cierto.
Gracias, guapos. Por cierto, si pueden actualizar la ficha
de Cantero, Edgar... Ese muchacho ha hecho cosas.

Mi padre pertenece a esa tribu, así que yo tuve todos los números. (Lamento decir, por cierto, que no los encuentro.) Después de su primer año de vida, hacia el número 60, El Tebeo hizo una encuesta; luego, en función de esta, los contenidos cambiaron notablemente; las Tortugas Ninja fueron reemplazadas por series "tiernas" como Cédric, de Cauvin y Laudec, y apareció alguna claramente de chicas, como Cecilia, Julia y Clara (Julie, Claire et Cecile, de los belgas Sidney & Bom).



No me di cuenta entonces, pero lo que entiendo ahora es que con esa encuesta descubrieron que la mayoría de los que daban una oportunidad a la revistucha eran niñas. Minipunto para las chicas.


Segundo minipunto: la revista Zipi y Zape.


Como los autores de relleno eran eso, relleno, y yo, en mi miopía infantil, me fijaba en los personajes titulares, siempre preferí Mortadelo a Zipi y Zape. Lo cual quiere decir que la gente precavida me compraba Zipizapes para asegurarse de que no le dijera "lo tengo repe". Así que tengo unos cuantos. Cuatro o cinco.

Zipi y Zape tenían revistas propias (normal y súper, como la gasolina de entonces) desde 1972, con Bruguera. B las resucitó a partir 1987. Pero pasa un poco lo mismo que con Mortadelo: si por la época en que B tomó el control de las revistas la serie de Ibáñez estaba ya de capa caída —y no sólo por culpa del equipo suplente—, Zipi y Zape, en la misma época, estaban acabados. Pero mucho. No sé si Escobar tenía negros a los que culpar, pero vaya, salta a la vista que lo que lleva su firma por esta época es bastaaaante inmundo. Con respeto y todo eso. Por eso he puesto el "bastante".

Desenlace: al final, Zipi y Zape dan la papilla y el biberón
a un enano sordomudo que la señora esa de los überpecs tenía
realquilado en casa. Cara de circunstancias, todo es un equívoco.

Nuevamente, que la serie titular de la revista ya huela es positivo para los autores de relleno, que lucen más. Lo curioso es que esos autores, esencialmente los mismos que rellenaban el Mortadelo en la misma época, con la notable excepción de Cera y Ramis, hacían para Zipi y Zape series que, si no están orientadas al público femenino, parecen tenerlo muy en cuenta.

Empiezo por las pruebas obvias, como que se recupere (mejor dicho, que se retome; entiendo que las páginas eran nuevas) la serie Montse, la amiga de los animales, que Enrich había creado para la revista Gina en 1978. (También fue una serie de relleno en la revista de Esther.)


La revista Gina. Decid lo que queráis, pero apuesto a
que, comparada con Mujer hoy, era un panfleto feminista.
 

O que Gosset, que para Mortadelo hacía Hug, el troglodita, se sacara de la manga la versión femenina, Roquita, para Zipi y Zape.



O que el esmerado Rovira, autor de Segis y Olivio, crease para Zipi y Zape dos series: Cinco amiguetes (en 1978, aún con Bruguera) y Piluca, otra vez con prota femenina. (Sí, aquí abajo parece un chico, pero es porque Rovira le iba cambiando el peinado. Eso, y los escenarios tomados del natural, como parece ser el de la primera viñeta, son síntoma de tebeo hecho con amor.)

 
Otro más: ya en B, Maikel, mi Maikel de El Jueves, estaba haciendo Los Especialistas, S.L. para Mortadelo: investigadores, monstruos y más cosas estupendas. Para Zipi y Zape, sin embargo, creó otra heroína.



Uno más sutil: Rojas, aka Folgado de Rojas, famoso por Don Percebe y Basilio, cobradores a domicilio, creó Aníbal para Zipi y Zape en los primeros 80; continuaba aún en el 87. No tengo bastantes entregas para saber si la niña (llamada Gemma, creo) tenía mucho peso en las tramas; pero que salga en la cabecera ya dice mucho. A mí, de pequeño, me decía que no lo leyera.


La línea de la revista, en resumen, era más girl-friendly. No hay apenas slapstick violento como el de Mortadelo, ni humor gamberro como el de Cera o Ramis (salvo algo reimpreso de Vázquez). Hay muchas series de animalitos, y secciones de trabajos manuales. Llenan el cupo de aventuras y superhéroes series tan naïf como Robín Robot, de Sanchís. Detalles como las ilustraciones de Ricardo (no, el de El Mundo no; otro que no he identificado) dan un acabado bastante cursi. La verdad es que, hojeando Zipi y Zape, llego a convencerme de que ésta era la revista de chicas. ¿Hace falta que diga que desprecio estas etiquetas sexistas y bla bla bla? Bueno, si alguien pensaba enviarme un mail con diez enlaces a webs de estudios de género, que sepa que sí, estoy a favor de que las niñas jueguen a fútbol, pero no hemos venido a hablar de mí.

No tengo bastantes números de la época Bruguera para saber si la revista ya estaba encasillada entonces. Mi intuición es que sí, pero menos. En cualquier caso, saco de todo esto un par de conclusiones: quienes dirigieran toda esta hidra de revistas de múltiples cabeceras tenían en cuenta al público femenino, porque las niñas leían tebeos. Y el caso de El Tebeo, antes citado, demuestra algo más: las niñas leen. A secas.

Eso me consuela. He dicho más de una vez que todo lo que yo he hecho en la vida, al final, era para impresionar a una mujer. Suerte que al menos me dirijo al sexo que está dispuesto a escuchar.