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miércoles, 12 de noviembre de 2025

Jesús de Cos & Armando Matías Guiu - The Mogollon News

Secciones de texto. Yo no diré que hay que ser un niño más maduro o un adulto menos tonto para no pasarlas de largo. Diré que son un gusto adquirido. Yo, a mis 44 años, he descubierto que me entusiasman las gildas. Afincado lejos de mi tierra y sus sabores, aprovecho mis visitas a Catalunya para hacer vermús; cada vez que pruebo una gilda, levito. En ningún caso intentaré convencer a otra persona de que ese chute de vinagrazo es una exquisitez; ha de descubrirlo por su cuenta. Igual que forzar a alguien a leer un mazacote de texto entre páginas mucho más coloridas y vistosas no le hará apreciarlo. Lo hará, con tiempo, su propia curiosidad. La curiosidad: virtud inestimable difamada por unos cuantos gatos incautos.

Ful disclóshur, que decimos en EE.UU: esta opinión mía puede venir sesgada por mi propia faceta de autor de relleno en El Jueves. Desde hace más de trece años, ocho de ellos en colaboración con mi pana Carlos Escuín (Mataró, 1983), pergeñamos con actitud risueña y cuestionable sintaxis el "Manda Güevos", una de las pocas secciones sin dibujicos de la revista. Su popularidad, según dictaban las encuestas cuando las hacíamos, nunca ha sido alta. A pesar de ello, sucesivos editores y valedores en redacción nos han mantenido. Tampoco será ajeno a su decisión que una página de texto es más barata que una de cómic.

Lo cual quizá ayuda a explicar por qué en el nuevo Mortadelo de 1984, en un imperio Bruguera ya con serios problemas de crédito, dos castigaolivettis de la redacción deciden que una página de las 52 la pueden llenar ellos sin problema.

 

The Mogollon News es una sección hija de su tiempo. La laxitud de la censura en la Transición permite flirtear mucho más con la actualidad nacional e internacional, de la que los tebeos hasta mediados de los setenta vivían totalmente aislados. Cameos de González y Reagan o menciones a viet-congs y ayatolás serán cada vez más frecuentes tanto en los cómics de Ibáñez (v. Cacao espacial, 1985) como en las páginas de relleno (¿Porrambo, por ejemplo?). Tiene cabida, pues, en este Mortadelo refundido y (más o menos) rejuvenecido, la parodia de un periódico serio, por lo menos en formato: muchos chistes, a cuatro columnas, en letra de cuerpo 9, e ilustrada con imágenes de archivo, para ventilar. 

Sus autores, como suele decirse justo antes de presentar a alguien, no necesitan presentación. Armando Matías Guiu (Barcelona, 1925–2004) ya firmaba su famosa columna Diálogo para besugos desde los años del DDT. Periodista, novelista, dramaturgo, guionista de cine y TV, es uno de esos hommes de lettres de traje de pana y plato combinado que curran para pagarse el tabaco, no para ganarse laureles, y que si no tienen estatua en una plaza sí tienen piso en la cabeza de una generación de jóvenes lectores. Dirige (con notable personalidad, añadiría) la revista a partir del 84, pero antes ya se había hartado de guionizar para dibujantes de la casa, a menudo desde el anonimato. Jesús de Cos (Barcelona, 1957) lleva en Bruguera desde los 19, ha guionizado también para varios ectógrafos de Ibáñez y, en la época B, se convierte en editor de Mortadelo, donde también firma los guiones de las series de Miguel Francisco: FernándezLos Desahuciados

Imposible determinar quién hace qué en la sección. Innecesario, también, porque la verborrea incontenida y la densidad de gags hacen difícil saber por dónde cortar. Lean la página de arriba para comprobarlo.

Entrega de las primeras. Los del dibujo de la izquierda son Matías Guiu y el redactor y guionista Julio Fernández López (Logroño, 1928 – Barcelona, 1988). Scan de la Maginoteca. 

Calificar The Mogollon News de masilla no sería incorrecto, pero tampoco cortés. Es una sección hecha en redacción, seguramente a última hora, cuando las tazas de café vacías tintinean en una esquina de la mesa. Si una semana, por lo que sea, ha de llenar dos páginas, lo hace. Y si otra semana ha de caer, pues cae.  Según leo en la Maginoteca, la cabecera ya debutó, sin regularidad, en algún Súper Mortadelo de 1983 y aún antes puede que hubiera protosecciones parecidas. Es en 1984 cuando se convierte en regular. Y es en 1986 cuando desaparece: TMN no sobrevivió al cambio de sello editorial en 1986, de Bruguera a B. Siendo justos, muy pocas series salvo M&F lo hicieron. 

La idea, sin embargo, perduró en espíritu, o se le volvió a ocurrir a otra persona, que es un poco lo mismo. En 1990, El Periódico de Mortadelo abría y cerraba el Súper Mortadelo de B en su tercera forma (1990-1994), escrito e ilustrado por el incombustible Ramis.

El Periódico de Mortadelo, de Ramis, 1990.
 
Sección sin título concreto (yo la llamaba "página salmón") en El Jueves de 2015. Duró unos tres meses. Debe muchísimo a la de Ramis.

¿Debería preocuparme, como autor de tremendas turras en una revista de monigotes, el sino efímero de The Mogollon News? Creo que no. La verdad es que en un tebeo con Ibáñez en su máximo esplendor es muy difícil competir por la atención de los lectores. Ya dibujes, escribas, o hagas malabares con motosierras, si en la misma revista Ibáñez está haciendo El cochecito, leré, buena suerte. Esto en ningún caso desvirtúa a la competencia: Jan, por esa época, estaba pariendo La gran superproducción. ¿Qué? ¿Os parece un mal cómic? ¿Sois el señor que grita "esto es una birria" entre los aplausos del público enloquecido?

Jan: La gran superproducción. 1985.

En mi opinión (quizá distinta de la que predomine en los pasillos del mundo editorial), los rellenadores de revistas no competimos. Estamos ahí para que haya un poco de todo. Y cada uno hace lo que sabe hacer. Yo decidí ya hace unos años que escribía mejor que dibujaba, y a consecuencia de ello, en efecto, mi sección en El Jueves es menos llamativa, pero honestamente creo que la calidad de mi trabajo, medida en risas por página, no ha bajado; al contrario: digo más burradas que nunca. Y sí, mi yo prepúber fliparía más con los dibujos de Ivanper, no lo dudo. Pero Ivanper es la Coca-cola; yo soy la gilda. De pequeño, sólo me gustaba la Coca-cola. Hoy me gustan las dos cosas. 

domingo, 1 de junio de 2025

Helados que ya no existen (VI)

¿Recuerdas el Pachá de Camy? ¿Sí? Pues espérese que le aumente el tamaño de letra, abuelo, porque el helado es de 1976. Creo que se acababa de inventar el palo.

Yo no lo recuerdo, pero el anuncio es de Jan. Y Jan dice que estaba bueno. ¿Qué más pruebas necesitamos?

(En anteriores entregas de "Helados que ya no existen":  I II III IV V)

lunes, 5 de mayo de 2025

Jan - El castillo de arena

De niños todos somos desacomplejadamente obsesivos. Mi monotema eran los bichos. Era el típico crío que te regalaba datos no solicitados sobre insectos, arácnidos y microalimañas en general. Descubrir un escarabajo o un caballito del diablo era como avistar una celebridad. Una mantis era una aparición mariana. Así que podéis imaginaros por qué un tebeo como El castillo de Arena (B, 1993) me entró por los ojos.


A mis doce años, mi relación con la obra de Jan (Toral de los Vados, 1939) no era quizá de fanatismo tan incondicional como ahora, pero empezaba a serlo. Además de la obligada devoción a los clásicos de la era Bruguera (1981–86), la arquitectura del Hotel Pánico (1991) ya estaba instalada en mi cerebro para toda la vida. Artísticamente, ya le había copiado muchas cosas (sus bocadillos, por ejemplo: aún me entusiasman), pero no estaba al corriente de toda su bibliografía: lo último que me había llegado, vía revistas, era un episodio suelto de El tesoro del ciuacoatl (1992).  En general, Superlópez me interesaba, me gustaba... pero aún no me pasmaba. 

Quizá El castillo de arena fue el largo que me convirtió. De entrada, porque parecía hecho para mí: ¿un tebeo de darse tortas con insectos gigantes, dibujados con ese gracejo y meticulosidad del Jan de los 90? Tome mi semanada, señor kiosquero. Pero más que la historia o el dibujo, en este tebeo destaca la dirección. En cine, diríamos que El castillo es un álbum de autor. La sinopsis "una aventura con mensaje anti-nucleares y matones artrópodos radioactivos", aunque veraz, no le hace justicia; Hergé o Franquin podrían ejecutar tal premisa, pero ninguno lo haría con el tempo o el lirismo de Jan. No seré el primero en escribir sobre este álbum en concreto, pero tampoco voy a leer lo que han escrito mis predecesores: si creo tener argumentos ya mismo, no necesito contrastarlos.

Resumo la trama: el ataque en Barcelona de un escorpión gigante, escapado del laboratorio del profesor Escariano Avieso, lleva a Superlópez a investigar una instalación de almacenaje de desechos radiactivos en Djebana, norte de África. Pronto descubrimos que, tras una serie de incidentes inexplicables, las autoridades han perdido control sobre la instalación sita en la remota Rud Báalak. Superlópez se adentra en el desierto, plagado de fauna mutante, para descubrir al misterioso ente en el epicentro de la infección antes de que esta se expanda por todo el planeta.

Hay muchos componentes familiares en esta historia, comunes a otros tantos álbumes de Superlópez: la aventura en un paisaje exótico, la conciencia ecologista, la sátira al poder (en la figura del emir de Djebana, Si Bey, politicastro más preocupado por sus cofres que por dilemas morales)... El mismo estado de Djebana ("excolonia claustrobúlgara") recuerda a Tontecarlo, otro país inventado pero creíble de la geografía lopezesca (véase En el país de los juegos, 1988). Todos esos ingredientes están ahí, mezclados con la maestría habitual del Jan de circa-1990. Podría incluso criticarse que el nudo es un tanto formulaico: los obstáculos, en forma de bichos gigantes, son casi siempre superados con más fuerza que maña. (También el enemigo final, hasta cierto punto.) Quien quiera ver El castillo como una mera sucesión de peleas poco emocionantes, puede verlo. Se equivoca, pero puede. 

Página 1. Cinco viñetas mudas.
Son las decisiones estilísticas de Jan las que separan El castillo de las aventuras más clásicas y lo acercan a ese tono mágico-poético con el que tonteaba ya en El asombro del robot (1989). De entrada: El Castillo es el primer largo de Superlópez con páginas de tres filas de viñetas: espacio sobrado para el paisajismo, para que el dibujo respire. Esto es obvio ya en la primera página, que por cierto, no contiene apenas texto. (¿Cuántas veces pasa esto en Superlópez? ¿En B/Bruguera?). De hecho, ni siquiera es el principio de la historia; un flashback se encarga de explicarnos qué hace nuestro héroe corriendo por el desierto. Corriendo. No volando. Otra decisión importantísima, ya en la página 1, que dicta el ritmo de todo el álbum.

Y es que, aunque la historia es particularmente rica en mamporros, está lejísimos de ser frenética. Estamos ante un cómic pausado, dilatado como el desierto. Aventura y tortas a mansalva, sí, pero que la adrenalina no nos impida ver las dunas. Me recuerda a otro álbum que más tarde aprendí a amar, Los cerditos de Camprodón (1990), el grueso del cual es una trepidante persecución por carretera y, sin embargo, cada viñeta da ganas de acurrucarse a dormir en un arcén o la plaza de un pueblo. El desierto de Djebana es igual: irónicamente, transmite paz. ¡Qué guía extraordinario es Superlópez, qué pedazo de anfitrión es Jan, que te lleva a un erial lleno de monstruos invertebrados y te apetece quedarte!

Postales de Kbar, capital de Djebana.
Aquí es clave, por supuesto, la calidad artística de Jan, el mejor dibujante de B/Bruguera, sin excepciones. A diferencia del de Vázquez, el desierto de Jan no es nunca una excusa para trabajar menos. Es un paisaje vasto, pero nunca vacío; colorido, lleno de rincones deliciosos: palacios, bazares, oasis, ruinas... Todo listo para entrar a vivir. A fe mía que yo lo he hecho. Yo he vivido semanas en viñetas de Jan.

Detalles de la arquitectura djebanesa.
Ayuda también la exquisita aura de misterio que rodea a Rud Báalak. Lo que el almacén de desechos radiactivos fue alguna vez (una nave industrial llena de ingenieros y maquinaria pesada, toda cemento y acero) lo vemos solo en unos pocos flashbacks. Pronto, los fenómenos sobrenaturales se multiplicaban; el personal desaparecía. Ya el emir Si Bey nos avisa que, después de que el ente despertase, no tienen ni fotos de satélite del lugar: "No sabemos qué hay allí". El ente, quizá un mero bichito en origen, el radiófago original, creció y desarrolló poderes telekinéticos que le permitieron transformar la estructura a su antojo; su poder hoy abasta kilómetros y kilómetros desde el epicentro que es Rud Báalak. Erige murallas concéntricas y manipula a otros invertebrados, sus "robots". Estos van a buscar desechos radiactivos cada vez más lejos para alimentar a su amo, conquistando oasis y asentamientos. Sus cerebros son "sólo arena". Esta última constatación, tan inocua y siniestra a la vez, es una perla del Jan guionista.

Primera aparición de la hormiga turras. My people.

Pero no todos los bichos son tan maleables. Cierta hormiga, por ejemplo, una vez crece lo bastante para sostener un libro, aprende a leer. Cuando Superlópez la conoce, en un poblado bereber, la meticulosa obrera atesora libros y snacks radioactivos, y salpica su discurso con versos de Cernuda o Guillén. Pronto se convierte en compañera de caminatas de Súper, y en uno de los secundarios más memorables de Jan. Reaparece incluso en álbumes posteriores ("La trilogía de Lady Araña", 1999-2000), siempre anónima. A ver, es una simpática hormiga gigante vestida de monje y que pega unas chapas tremendas. Con semejante perfil, quién necesita nombre. Para distinguirla de qué.


Todo el misterio en torno a la corrupción en el centro del desierto se resuelve en un tercer acto brillante. La revelación del castillo de arena titular está a la altura del lento crescendo. Cemento y acero han sucumbido a la arena, en polvo o cristalizada. Su arquitectura desconcertante responde a los sueños perversos de un insecto mutante desaforado. Hay sublimes vistazos a los procesos mentales de este ente, como el hecho de que el patrón geométrico de un azulejo inspirase, aparentemente, el plan general de su fortaleza. Por otro lado, el ente no habla, no se comunica: sigue siendo un insecto. Sus motivaciones, simplísimas. Su voracidad, infinita.

Quizá eso le haga contrastar aún más con el otro bando, el de un Superlópez expeditivo pero también maduro, concienciado, listo, y el de una hormiga rica en sabiduría pero pobre en amigos, una víctima más de la polución nuclear. La humanidad de ambos, sus sinos, hace de esta una historia extrañamente contemplativa. El desierto como símbolo de la soledad de los héroes. 

Estábamos poco acostumbrados a que un álbum Olé nos hiciera pensar tanto. Temo que es por eso que esta época de Superlópez se compara negativamente a la de Los cabecicubos o La caja de Pandora. Álbumes excelentísimos, sí, pero no tan alejados de lo que habíamos aprendido a esperar de su editorial. Esperábamos humor y batacazos, siempre. Arte, a veces. Muy de vez en cuando, enseñanzas y valores. No esperábamos, en ningún caso, poesía. 

Jan nos lo dio todo. Qué privilegio, crecer leyéndole.

lunes, 31 de marzo de 2025

Bellido - Punki Chungui

La magia de los tebeos viejos es que están llenos de misterios. En sus páginas encuentras nombres célebres, muchos olvidados, algunos reivindicados (casi cualquier rellenador de Bruguera, por modesto que sea, hoy tiene su elegía en algún libro de Antoni Guiral), y otros para los que, tanto en tu colección como en Internet, hay poquísimo contexto. 

Por ejemplo: esta es la única página que poseo de este personaje y de este autor. 

El scan es mío, de hace años, pero desgraciadamente no recuerdo la revista. Tampoco serviría de mucho: por lo general, los autores relleno de la época de B reciben menos atención arqueológica que los de Bruguera. La firma críptica (¿"W.H."?) no me ayudó en su día a encontrar información sobre el autor. Al cual, además, no parecía prioritario dedicar un artículo basado en sólo diez viñetas. 

Sin embargo, hace poco hallé las respuestas, resumidas también en una sola página: En un hilo de El foro de la T.I.A. de 2008 un usuario rememoraba esta serie y, unas cuantas réplicas poco halagadoras más abajo, el mismo autor respondía como podía a las críticas. 

Portada de Bellido para un retapado de La Judía Verde, editorial Iru, 1991.
Revista Pulgarcito, 9a época (B, 1987). Portada de Jan.

Ahí se resolvió el misterio: "W.H." es en realidad Francisco "Siscu" Alarcón Bellido (Barcelona, 1966), hijo del barrio de Sants y alumno de la Llotja. Su huella en el tebeo infantil es escasa, pero no así en el cómic adulto y erótico, donde ha pasado por tropecientas cabeceras (El Papus, Hara Kiri, Kaña, Manga Cómics, Penthouse Comix...). Sabiendo su nombre completo, es fácil dar con una entrevista que Tebeosfera le hizo en 2012 en la que Bellido deja caer nombres a base de bien (Miguel Francisco, Pasqual Ferry). Por lo que ahí se explica, en 1987 Bellido era aprendiz en Intermagen, una editorial subcontratada por B, y hacía labores de maquetación para la revista Pulgarcito (en su novena época). Pero Bellido, además de maquetar, quería dibujar. Tras mucho insistir, su mentor, Josep Maria Beà, consideró que ya estaba listo para colar alguna historieta. Y de ahí surge Punki Chungui. (Estoy seguro de que la revista donde yo lo encontré no era un Pulgarcito, pero B republicaba material a menudo.)

Debo reconocer una cosa, yo que siempre rajo del color mecánico: en esa página de Punki Chungui, está muy bien puesto. Quizá es cosa del mismo Bellido, desde redacción, mimando ese aspecto de su debut. En cuanto a otros aspectos, como dibujo y guion... A ver, yo muchas cosas positivas no diría. Reiterando que juzgar a partir de sólo diez viñetas está feo, me parece una página inmadura. En todo. Hasta en el nombre. Y quizá por eso podría ahorrarme el artículo, pese a tener ahora algo de información. Pero la forma en que apareció esa información, con el propio autor defendiéndose en un foro (y junto a Miguel Francisco, que también pone los puntos sobre las íes), me hizo pensar que algo sí se podría decir.

El quid de la cuestión es que para publicar en una revista, más que buen dibujo, buen guion o buenos contactos, se valora la profesionalidad. Lo cual significa, básicamente, "buena regularidad". O como leí una vez a no sé quién, no que cuando des el 100% moles mucho, sino que tu 60% ya baste. Porque el ritmo de entregas no te permitirá dar mucho más. 

Pero esta virtud de la profesionalidad sólo se entrena siendo profesional. Y eso implica que, de vez en cuando, una revista ha de publicar a gente que aún está verde. Mis primeras tiras de Edgar trabaja en El Jueves en 2008 me dan bastante vergüenza, y si yo lo veo, estoy seguro de que mi director de entonces, Albert Monteys, también lo veía. Pero debió de intuir que obligándome a publicar una tira cada semana yo acabaría encontrando mi 60%, el nivel en el que doy buen resultado sin exprimirme. Apostó por mí, como Beà apostó por Bellido. ¿Acertaron? Bueno, yo a lo tonto llevo casi dieciocho años en El Jueves, y Bellido ha pasado por más revistas que La Maña. Así que igual sí. Y parte de la función de una revista de cómics es crear dibujantes de cómics. Así que hay que hacer apuestas, y hay que publicar páginas inmaduras. Ha de haber Punki Chunguis. 

Una de las primeras tiras de Edgar Trabaja en El Jueves: El Jueves, 2008. Mea culpa.

Y alguien dirá: "Hombre, hay revistas en las que no te hacen la formación. En el New Yorker, has de ir enseñado." Y yo diré: Bueno, sí. Pero qué rollo, ¿no?

lunes, 1 de julio de 2024

En una humilde cabaña





Páginas de Pulgarcito (7a época, núm. 83, 1982). Quizá "Esmeraldina" no sea la obra más injustamente olvidada de la historia del cómic, pero a mí, repasando este libro el otro día tras encontrarlo en el sótano, me hizo pararme en seco. Creo que fueron las abejitas y mariposas. 

En efecto, es Jan. 1973.

Siempre que me recuerdan cosas como que Mary Shelley escribió Frankenstein con 19 años, o que Mozart compuso su primera ópera a los 4 (valiente mierda debía de ser), yo pienso que Jan hizo Los Alienígenas con 45. Y ni siquiera me parece su obra maestra. No os dejéis achuchar por la sombra de genios precoces. El buen arte pide fuego lento.

jueves, 17 de agosto de 2023

Trinca

Es un tema recurrente en este blog (como los hiatos de varios años) que el panorama comiquero patrio del siglo pasado padece de una hegemonía de la escuela Bruguera. Que no es que sea una mala escuela, pero es una escuela, lo cual a mí ya me trae malos recuerdos. En una escena tan monopolizada, cualquiera que se saliera del patrón de los personajes con rima, el sapristi y el caerse hacia atrás haciendo catacróker destacaba, a su manera. Lo bastante para merecer un post, al menos.


Trinca es, toda ella, una revista de relleno, un jugoso tropezón en el potaje historietil del kiosco retardofranquista. Quincenario juvenil publicado entre 1970 y 1973, subsistió durante 65 números. Los diez primeros aparecieron por mi casa años después en forma de tomo recopilatorio, que mi yo infantil hojeaba con algo de interés, bastante curiosidad, y confusión ante la ausencia de contenido sobre La Trinca, grupo de canción satírica de Canet de Mar que por entonces me hacía mucha más gracia. No tenían nada que ver. Trinca, publicada por la editorial Doncel (a su vez fundada por el antiguo Frente de Juventudes de la Falange), no se metía en política. Ejem, ejem. Ay. Qué tos más tonta, así de pronto.

Un editorial de la propia revista, que no escatimaba texto precisamente, arroja algo de luz sobre este tema controvertido:


Si no veis la imagen de arriba, es un mazacote de texto que no me apetece transcribir, titulado "Una revista para Europa", y del que destacaría dos frases: 1) "A todos nos une una condición superior que se denomina hombre (homo sapiens)", y 2) "Amemos a España". Globalismo y ombliguismo, todo a la vez. Mirar para fuera, sí, pero con una mano siempre dentro del pantalón. Resumen perfecto de una década y de un progresismo que lo abarcaba todo: desde la revolución del proletariado al conservador que pensaba "ojalá poder votar, para que el amado líder se sienta más validado". Pues ahí, exactamente en ese espectro de trescientos pársecs que cubre el "progresismo" de 1970, ahí estaba Trinca. Con sus historietas de jóvenes liberales y del Cid, con sus artículos sobre Thailandia y el Camino de Santiago, con sus anuncios de libros y de carabinas.

Creo que hay una lección a extraer de todo esto, pero prefiero empezar a subir historietas, que tengo muchas y me estoy haciendo los comentarios encima.

Quizá la serie insignia, Trinca, de Sánchez Pascual y César Guirado, sintetice mejor que nadie el etos de la revista. Sus protagonistas (indiscernibles) son tres estudiantes cosmopolitas de Madrid, valga el oxímoron; sus aventuras (en el sentido muy amplio) nos hablan del peligro de las drongas, la importancia del deporte o la diferencia entre libertad y libertinaje. Su estilo gráfico, también, es representativo de la revista: todo el dinamismo que muestra la composición de página lo pierden los personajes, todos guapos que nunca abren la boca. Es sin duda la serie con el mensaje menos subliminal, prácticamente un editorial en viñetas que pugna por reconciliar el espíritu aventurero de la juventud melenuda con el miedo a todo del extremo centro. 

En sus momentos de mayor candidez, sin embargo, tiene algo de entrañable. Esta historieta, de peque, me fascinaba:

Las cartas de los lectores, sin embargo, dejan constancia de que Trinca no era la serie favorita del público. Quizá lo fue esta:




Los Guerrilleros es una serie episódica con guión de José María Echevarría "Andrade" y dibujo de Joan Bernet Toledano (1924-2009) (hermano de Miquel Bernet "Jorge", creador de Doña Urraca, a su vez padre de Jordi Bernet, de Clara de Noche). Mucho que comentar en estas cuatro primeras páginas que diestramente nos presentan ya a nuestros cuatro héroes: pastor, montero, cura, y enmascarado con tremendos problemas para integrarse al ser la única persona sin narizota de España y Francia. Por ejemplo, la nota al pie: "pronúnciese con cierto tono gangoso, al estilo francés", o el pseudónimo del guionista, parecido al que usó Franco cuando escribió Raza (¿homenaje, parodia? ¿Quiero saberlo?). Pero lo más interesante es el tono general de la obra: la mezcla de comedia y aventura, con un motif de astucia rústica contra invasores sofisticados que recuerda a Astérix; el humor blanco con un punto de slapstick tontuno, a lo Bruguera, pero con más tensión argumental y dibujo más elaborado, todo enmarcado en un episodio conocido de la historia de España.

Lo del motivo histórico, de hecho, era el punto fuerte de cualquier propuesta que llevases a los editores de Trinca. Ejemplos: El Cid, de Antonio Hernández Palacios (1921-2000).

Don Cirilo y Sanchón, dos quijotes con tesón, de Fabo (n. 1942).

Héctor (adalid de almogávares), con guion de Fernando M. Sesén (1923-1974), dibujos de Chiqui (José Luis De la Fuente, 1933-1992).

El lector con uno o más ojos en la cara habrá notado la diversidad de estilos: una vez más, ese afán de Trinca por cubrir un espectro amplísimo de gustos estéticos y de definiciones de "moderno". Trinca se dirigía a dos lectores de cómic: el fan del humor brugueriano tradicional (más presente en Los guerrilleros) y el cómic de género artísticamente más ambicioso, de influencia extranjera, que ya se había probado con poco éxito en revistas anteriores, como Gaceta Junior

En ambos polos de ese espectro aparecen cosas interesantes. En el humorístico, surgen firmas ya familiares en este blog, como Rojas (Don Percebe y Basilio, Aníbal), aquí con su personaje Hippy Fardón, el "how do you do fellow kids" de la escuela Bruguera.

O Gabi (1922-1985) y su Sherlock López, personaje que debutó en Flechas y Pelayos y terminó de relleno en el Mortadelo o Zipi y Zape de turno.  

O, ¿por qué no?, un poco del Jan pre-Superlópez con El último vampiro. (Si no hubiera firmado la página, creo que los anuncios en la cabina telefónica bastarían para reconocerle.)

Mientras que en el otro extremo, el del cómic de género, vemos cosas de una riqueza gráfica que rara vez ofrecían las páginas del cómic serio al final del Mortadelo. Pónganse las gafas; vienen banquetes visuales para los que el lector de Olés no está preparado.

Western: Manos Kelly (de nuevo Hernández Palacios):


Espada y brujería: Kronan, de Jaime Brocal Remohí (1936-2002): por si creíais que el "Tronak el Kárbaro" de Juan López era un derivado demasiado obvio:

Novela adaptada: El libro de la selva, de Juan Arranz (1932):

Bélico: Oliver, de Chiqui.

Ciencia-ficción: Haxtur, de Víctor de la Fuente (hermano de Chiqui, por cierto).

Mención especial en ciencia-ficción: Andrómeda, de Francisco Guinovart (1946). Técnica mixta con tremendo abuso de la plantilla de circunferencias. Juro que estas dos páginas incomprensibles son perfectamente representativas de toda la serie. Recuerdo leer esto de pequeño esforzándome muchísimo, y no entender nada. (Ahora tampoco entiendo nada, pero estoy muy a favor de hacer cosas que no se entienden.)

Mención especial al flipamiento ilustrado: Peter Petrake, de Miguel Calatayud (1942). Posiblemente lo más memorable que salió nunca de Trinca, y top 10 de cosas más locas del cómic español éver. Pura ambrosía pop. Cuelgo una historia completa porque no sabría decidir qué parte de estas seis páginas me fascina más: el combo rotulación manual + efectos de sonido impresos, la cinética de los puñetazos, las bacterias, los perros, los perfiles, el coro de bomberos... ¡Qué década, los setenta! Imagínate ir a una revista de cómics con un portafolio que dice "la peli de Yellow Submarine me cambió la vida", y salir con empleo.



Mención especial porque es compañero de El Jueves y mola mucho: Ventura y Nieto, dos de los talentos más versátiles del cómic español (1947 & 1947-1995). Ambos adquieren gran peso rellenador en Trinca hacia la segunda mitad de su trayectoria, tanto en el apartado humorístico como en el serio. Estas páginas pertenecen a la historia titulada ¿Cuál es la conquista del universo?

Mención especial por ser la única autora que he encontrado en la revista: Begoña (quizá Begoña Esteban; su ficha en Tebeosfera es más bien lacónica).


Y mención especial por tener protagonista femenina y entenderse, a diferencia de Andrómeda: Ana, de José Bielsa (1931). 


Hay muchísimo más material, pero quiero dejarlo aquí porque Ana, como la serie titular, resume bien todo lo que hacía de Trinca una revista tan diferente de las que aparecen por este blog: más ambición estética, menos condescendencia, y un intento de reflejar de verdad el mundo en el que la revista salió. En el universo Bruguera, el tiempo apenas existe; la levita de Mortadelo (que ya era cómicamente vieja en 1958) es imperecedera; los gags de Conti en los 40 y los 80 son intercambiables. Trinca fue muchísimo más efímera (cuatro años apenas), pero vivió el momento. Quería vivirlo. Por eso apostaba por Europa, y por el espacio y por el delirio gráfico de Peter Petrake, aunque luego también se encandilara con el Cid y los almogávares. Soñó, creo, hasta donde podía soñar una redacción madrileña con apoyo institucional en 1970. No todo lo que refleja Trinca es bonito, pero es real, fiel a los anhelos y los miedos de su generación.

Y joder, visualmente era la caña. Sólo por eso, vale la pena salir del Mortadelo de vez en cuando.