A Segundo García González, más conocido como "Esegé" (Balazote, Ab. 1958 - Sant Feliu de Llobregat, B. 2021), le encasillo en una categoría que, en honor a su preferencia por los acrónimos, voy a llamar Tegefebé, o Too Good For Bruguera. Tal cual acuño el término me doy cuenta de que es injusto, porque dibujantes que podían estar haciendo (e hicieron) cosas mejores que rellenar Mortadelos había muchísimos. Empezando por el que dibujaba a Mortadelo. Y el que lo firmaba. Pero Esegé es de los dibujantes que destacan desde el mismo relleno, que no condescienden a la sencillez. Su dibujo es sospechosamente detallista; su guion, a menudo ambicioso. Sus páginas no eran series serias, pero a mi yo infantil le suscitaban un respeto parecido. "Caramba", pensaba, porque era niño y aún no decía hostiaputa. "Esta página pide ser leída con calma." Y entonces no la leía.
Intento explicar esa temprana impresión poniéndome en modo historiador. Hay en Bruguera —no desde sus albores, pero sí, diría, durante la mayor parte de su existencia— un anhelo por el dibujo guay. "Guay" era, para entendernos, el cómic franco-belga: un mercado de kioscos atiborrados de revistas de cómics, como el español de entonces, pero que molaban mil veces más. No es autodesprecio, don Arturo; es lo que hay. La escuela de Marcinelle (Jijé, Franquin, Morris, Will) es como la escuela Bruguera de allí, pero sin oler a cartilla de racionamiento. Y los editores de aquí, que miraban a Europa, lo sabían. Cuando en 1970 fundan la revista Mortadelo, el referente es la francesa Pilote. Para el relleno, importan a Astérix y al Teniente Blueberry. Y es difícil sobreestimar lo mucho que El sulfato atómico (1969), primer largo de F. Ibáñez, debe a Spirou. De algún modo, el norte magnético de nuestros tebeos siempre estuvo al norte de los Pirineos.
Pero la herencia histórica pesaba mucho. El lenguaje gráfico brugueril, condicionado por la escasez y la censura, no casaba con la sofisticación de Hergé o de Uderzo. Cuyas licencias de publicación en España, imagino, no debían de ser baratas. Ibáñez, además, se cansó enseguida de ese estilo que él llamaba "muchas arruguitas", y en una decisión que haría orgullosos a los Superbruguerones, optó por más páginas, menos curradas. Las series serias, casi siempre de importación, cubrían de algún modo ese nicho del dibujo elaborado, aunque sus autores fueran cada vez más oscuros, y el dibujo en sí, no por realista más memorable. Pero la voluntad de incluir en el relleno algo que pudiera competir gráficamente con Los pitufos y Lucky Luke nunca murió del todo. Y ahí, creo, es donde entraba Esegé.
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| Neronius, en Súper Mortadelo, 1982. Dibujo de Esegé, guion de Jesús de Cos. Parece probable que los personajes de la segunda viñeta sean caricaturas, pero no sé de quién. |
Esegé debuta en TBO en 1977 y da el salto a Bruguera en 1981. Su primera serie, Neronius, tiene una historia bastante única: creada en 1978 por el guionista belga Christian Blareau y el dibujante francés Pierre Guilmard con el título Résidus, tyran de Rome, se publicó en la revista Tintin, donde no duró ni un año. Mejor acogida tuvo en Mortadelo, donde se publicaron las páginas de Blareau y Guilmard y a continuación unas cuantas más, hechas en casa. Esegé, artista manchego de esmerada tinta francesa, fue el elegido para dibujarlas. Jesús de Cos y Armando Matías Guiu, a quienes ya conocemos por The Mogollon News, firmaron algunos de los guiones. Quizá era la forma de tener cómic francobelga en la revista sin pagar licencias. O quizá era un intento de francobelguizar el cómic español cuando el modelo de tebeo patrio empezaba a hacer aguas. ¿Funcionó? Pues un momento, que miro los informes financieros de Bruguera en los años ochenta y... Oh. Uf. Caramba. Hostiaputa, incluso.
Afortunadamente, no todo se fue a la mierda con Bruguera. En alguna ocasión he comentado mi teoría de que la cabecera Zipi y Zape, sobre todo en la época de Ediciones B, parecía dirigirse a un público más femenino. Tal vez "femenino" no sea la palabra; digamos más sensible. Mientras que en Mortadelo imperan el slapstick de Ibáñez y la creciente transgresión de Cera y Ramis, el tono de Zipi y Zape es más naíf, más pausado, y más abierto a estilos cada vez más alejados del bruguerismo y el ibañecismo. En Zipi y Zape cabe el Jaume Rovira más maduro y más tierno, el de Cinco Amiguetes, Piluca, Pablito. Cabe el Robin Robot de Sanchís. Cabe Snack, de Nin. Y cabe Parsley, de Esegé. Los Too Good For Bruguera encontraron en B un pequeño espacio donde intentar brillar, siempre desde la posición de rellenadores.
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Que Parsley sea el personaje que he escogido para hablar de Esegé se debe a una mera conjunción de material que me ha caído en las manos. No sé si es su serie más recordable, pero sí me ha parecido la más representativa; más que Neronius, que no creó él, y cuya ambientación romana es excepcional. A Esegé le tira más el rollo medieval, como representa otra serie suya, Los alquimistas (ca. 1988) de la que Parsley es quizá una evolución. Ambas series transcurren en el castillo de un monarca rechoncho rodeado de asesores con pocas luces. Parsley, sin embargo, aporta la novedad de un protagonista simpático, listo y buena persona. El joven bufón de capirote verde (su nombre significa perejil en inglés) provoca algún que otro desaguisado en el castillo del rey Smack, pero también arregla los de los demás. Un niño bueno, en definitiva. No había tantos en Bruguera/B. Y estoy contando a Zipi y Zape.
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| Otra serie de aire fantástico: Los kokitos, en Súper Zipi y Zape de 1988. |
También Parsley me parece su serie más interesante (nuevamente, basándome en mi colección fragmentaria) por la historieta episódica de arriba, que evidencia un guion bastante elaborado. Esa es de 1989; todas las demás en este artículo son del 88. Lamentablemente, la del 89 está sin firmar. En las otras, el guion es de un nombre nuevo en este blog, Josep Lluís Viciana (Terrassa, 1951). Yo a Viciana le recuerdo sobre todo por una serie de animación, El detective Bogey (1994).
No sé si Parsley llegó a protagonizar una aventura larga. La Tebeosfera lista un álbum Olé, lo cual ya es una medalla de honor para una serie de relleno. Y para su autor. Sobre todo si su principal aportación a una revista ultrapragmática devorada por niños impacientes era el "dibujo bonito". Como el jogo bonito de Pelé. Soy el primero en reconocerlo: no era esa la forma de sembrar recuerdos en mi mente infantil. Pero sí es la forma de esconder tesoros en el sótano de mi castillo. Gracias; me ha encantado buscarlos.






























