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lunes, 5 de mayo de 2025

Jan - El castillo de arena

De niños todos somos desacomplejadamente obsesivos. Mi monotema eran los bichos. Era el típico crío que te regalaba datos no solicitados sobre insectos, arácnidos y microalimañas en general. Descubrir un escarabajo o un caballito del diablo era como avistar una celebridad. Una mantis era una aparición mariana. Así que podéis imaginaros por qué un tebeo como El castillo de Arena (B, 1993) me entró por los ojos.


A mis doce años, mi relación con la obra de Jan (Toral de los Vados, 1939) no era quizá de fanatismo tan incondicional como ahora, pero empezaba a serlo. Además de la obligada devoción a los clásicos de la era Bruguera (1981–86), la arquitectura del Hotel Pánico (1991) ya estaba instalada en mi cerebro para toda la vida. Artísticamente, ya le había copiado muchas cosas (sus bocadillos, por ejemplo: aún me entusiasman), pero no estaba al corriente de toda su bibliografía: lo último que me había llegado, vía revistas, era un episodio suelto de El tesoro del ciuacoatl (1992).  En general, Superlópez me interesaba, me gustaba... pero aún no me pasmaba. 

Quizá El castillo de arena fue el largo que me convirtió. De entrada, porque parecía hecho para mí: ¿un tebeo de darse tortas con insectos gigantes, dibujados con ese gracejo y meticulosidad del Jan de los 90? Tome mi semanada, señor kiosquero. Pero más que la historia o el dibujo, en este tebeo destaca la dirección. En cine, diríamos que El castillo es un álbum de autor. La sinopsis "una aventura con mensaje anti-nucleares y matones artrópodos radioactivos", aunque veraz, no le hace justicia; Hergé o Franquin podrían ejecutar tal premisa, pero ninguno lo haría con el tempo o el lirismo de Jan. No seré el primero en escribir sobre este álbum en concreto, pero tampoco voy a leer lo que han escrito mis predecesores: si creo tener argumentos ya mismo, no necesito contrastarlos.

Resumo la trama: el ataque en Barcelona de un escorpión gigante, escapado del laboratorio del profesor Escariano Avieso, lleva a Superlópez a investigar una instalación de almacenaje de desechos radiactivos en Djebana, norte de África. Pronto descubrimos que, tras una serie de incidentes inexplicables, las autoridades han perdido control sobre la instalación sita en la remota Rud Báalak. Superlópez se adentra en el desierto, plagado de fauna mutante, para descubrir al misterioso ente en el epicentro de la infección antes de que esta se expanda por todo el planeta.

Hay muchos componentes familiares en esta historia, comunes a otros tantos álbumes de Superlópez: la aventura en un paisaje exótico, la conciencia ecologista, la sátira al poder (en la figura del emir de Djebana, Si Bey, politicastro más preocupado por sus cofres que por dilemas morales)... El mismo estado de Djebana ("excolonia claustrobúlgara") recuerda a Tontecarlo, otro país inventado pero creíble de la geografía lopezesca (véase En el país de los juegos, 1988). Todos esos ingredientes están ahí, mezclados con la maestría habitual del Jan de circa-1990. Podría incluso criticarse que el nudo es un tanto formulaico: los obstáculos, en forma de bichos gigantes, son casi siempre superados con más fuerza que maña. (También el enemigo final, hasta cierto punto.) Quien quiera ver El castillo como una mera sucesión de peleas poco emocionantes, puede verlo. Se equivoca, pero puede. 

Página 1. Cinco viñetas mudas.
Son las decisiones estilísticas de Jan las que separan El castillo de las aventuras más clásicas y lo acercan a ese tono mágico-poético con el que tonteaba ya en El asombro del robot (1989). De entrada: El Castillo es el primer largo de Superlópez con páginas de tres filas de viñetas: espacio sobrado para el paisajismo, para que el dibujo respire. Esto es obvio ya en la primera página, que por cierto, no contiene apenas texto. (¿Cuántas veces pasa esto en Superlópez? ¿En B/Bruguera?). De hecho, ni siquiera es el principio de la historia; un flashback se encarga de explicarnos qué hace nuestro héroe corriendo por el desierto. Corriendo. No volando. Otra decisión importantísima, ya en la página 1, que dicta el ritmo de todo el álbum.

Y es que, aunque la historia es particularmente rica en mamporros, está lejísimos de ser frenética. Estamos ante un cómic pausado, dilatado como el desierto. Aventura y tortas a mansalva, sí, pero que la adrenalina no nos impida ver las dunas. Me recuerda a otro álbum que más tarde aprendí a amar, Los cerditos de Camprodón (1990), el grueso del cual es una trepidante persecución por carretera y, sin embargo, cada viñeta da ganas de acurrucarse a dormir en un arcén o la plaza de un pueblo. El desierto de Djebana es igual: irónicamente, transmite paz. ¡Qué guía extraordinario es Superlópez, qué pedazo de anfitrión es Jan, que te lleva a un erial lleno de monstruos invertebrados y te apetece quedarte!

Postales de Kbar, capital de Djebana.
Aquí es clave, por supuesto, la calidad artística de Jan, el mejor dibujante de B/Bruguera, sin excepciones. A diferencia del de Vázquez, el desierto de Jan no es nunca una excusa para trabajar menos. Es un paisaje vasto, pero nunca vacío; colorido, lleno de rincones deliciosos: palacios, bazares, oasis, ruinas... Todo listo para entrar a vivir. A fe mía que yo lo he hecho. Yo he vivido semanas en viñetas de Jan.

Detalles de la arquitectura djebanesa.
Ayuda también la exquisita aura de misterio que rodea a Rud Báalak. Lo que el almacén de desechos radiactivos fue alguna vez (una nave industrial llena de ingenieros y maquinaria pesada, toda cemento y acero) lo vemos solo en unos pocos flashbacks. Pronto, los fenómenos sobrenaturales se multiplicaban; el personal desaparecía. Ya el emir Si Bey nos avisa que, después de que el ente despertase, no tienen ni fotos de satélite del lugar: "No sabemos qué hay allí". El ente, quizá un mero bichito en origen, el radiófago original, creció y desarrolló poderes telekinéticos que le permitieron transformar la estructura a su antojo; su poder hoy abasta kilómetros y kilómetros desde el epicentro que es Rud Báalak. Erige murallas concéntricas y manipula a otros invertebrados, sus "robots". Estos van a buscar desechos radiactivos cada vez más lejos para alimentar a su amo, conquistando oasis y asentamientos. Sus cerebros son "sólo arena". Esta última constatación, tan inocua y siniestra a la vez, es una perla del Jan guionista.

Primera aparición de la hormiga turras. My people.

Pero no todos los bichos son tan maleables. Cierta hormiga, por ejemplo, una vez crece lo bastante para sostener un libro, aprende a leer. Cuando Superlópez la conoce, en un poblado bereber, la meticulosa obrera atesora libros y snacks radioactivos, y salpica su discurso con versos de Cernuda o Guillén. Pronto se convierte en compañera de caminatas de Súper, y en uno de los secundarios más memorables de Jan. Reaparece incluso en álbumes posteriores ("La trilogía de Lady Araña", 1999-2000), siempre anónima. A ver, es una simpática hormiga gigante vestida de monje y que pega unas chapas tremendas. Con semejante perfil, quién necesita nombre. Para distinguirla de qué.


Todo el misterio en torno a la corrupción en el centro del desierto se resuelve en un tercer acto brillante. La revelación del castillo de arena titular está a la altura del lento crescendo. Cemento y acero han sucumbido a la arena, en polvo o cristalizada. Su arquitectura desconcertante responde a los sueños perversos de un insecto mutante desaforado. Hay sublimes vistazos a los procesos mentales de este ente, como el hecho de que el patrón geométrico de un azulejo inspirase, aparentemente, el plan general de su fortaleza. Por otro lado, el ente no habla, no se comunica: sigue siendo un insecto. Sus motivaciones, simplísimas. Su voracidad, infinita.

Quizá eso le haga contrastar aún más con el otro bando, el de un Superlópez expeditivo pero también maduro, concienciado, listo, y el de una hormiga rica en sabiduría pero pobre en amigos, una víctima más de la polución nuclear. La humanidad de ambos, sus sinos, hace de esta una historia extrañamente contemplativa. El desierto como símbolo de la soledad de los héroes. 

Estábamos poco acostumbrados a que un álbum Olé nos hiciera pensar tanto. Temo que es por eso que esta época de Superlópez se compara negativamente a la de Los cabecicubos o La caja de Pandora. Álbumes excelentísimos, sí, pero no tan alejados de lo que habíamos aprendido a esperar de su editorial. Esperábamos humor y batacazos, siempre. Arte, a veces. Muy de vez en cuando, enseñanzas y valores. No esperábamos, en ningún caso, poesía. 

Jan nos lo dio todo. Qué privilegio, crecer leyéndole.

martes, 30 de agosto de 2016

Jan es nuestro Bill Watterson

Reconozco que el titular es irritante, sobre todo por el posesivo "nuestro", que suena a ese complejo chovinista de necesitar un homólogo local para cada logro extranjero. Pero no van por ahí los tiros. Es mi forma de justificar por qué, en el país de los autores de relleno, Jan es el rey.


Empiezo por el caso más célebre: Todos conoceréis a Bill Watterson (Washington, 1958). Es el creador de Calvin & Hobbes y probablemente uno de los... voy a decir diez artistas de cómic más grandes del mundo, éver. No he hablado con ningún dibujante que le tenga por debajo de genio.


Watterson creó la tira del niño y el tigre en 1985, y trabajaba con Universal Press Syndicate. El syndicate en EE.UU. es una especie de agencia de prensa que distribuye contenidos como columnas de opinión, cómics o pasatiempos a periódicos de todo el país. Una de las pegas de los syndicates es que tienden a uniformizar el formato de sus contenidos, para facilitar a los diarios la maquetación. Por ejemplo, especifican un tamaño único para las tiras diarias, al que han de ceñirse tanto Garfield como Peanuts. Para la tira de los domingos, que es más grande, las restricciones son aún mayores, porque algunos diarios le reservan un espacio en vertical, y otros, apaisado; unos con cabecera, otros sin; así que el formato ha de ser una historieta de ocho o nueve viñetas reposicionables en cuatro o tres filas, en que las dos primeras deben contener un título opcional, la siguiente cae en el formato vertical, etc.

Watterson creía que todas estas imposiciones limitaban su expresión artística, y un día de 1990 decidió unilateralmente que su tira dominical sería una página apaisada, dentro de cuyos márgenes haría lo que le diera la gana. Y si a los diarios no les gustaba, que dejaran de publicarle. Según cuenta Watterson en el prólogo de Páginas dominicales (B, 2001), Universal Press le apoyó y, pese a salir perdiendo con muchos diarios, consiguió lo que quería. Y gracias a esa decisión, pudo regalarnos obras maestras como estas:

 



Y ahora, flash forward... bueno, no; en realidad flash back a la España de la Brugueratroika.

En 1975, Juan López "Jan" (Toral de los Vados, Le., 1939) hace debutar en Bruguera a Superlópez, creado dos años antes para la editorial Euridis. El decimotercer álbum Olé del personaje, El génesis de Superlópez (B, 1989), recoge muestras de esa época. Cuesta reconocer el dibujo expansivo de Jan encarcelado en páginas autoconclusivas de cinco filas por página, desarrollando las viejas tramas predecibles de la escuela Bruguera. Según Antonio Martín en el mismo prólogo del Génesis, Jan se negó a hacer esos guiones, que recayeron sobre Conti o Francisco Pérez Navarro "Efepé" (Barcelona, 1953), y otras fuentes que he leído indirectamente hablan de enfrentamiento entre Jan y el entonces director de Bruguera, Rafael González. No hace falta especular; convengamos, sencillamente, en que Jan se siente disconforme. Como si alguien estuviera limitando su expresión artística. ¿Empezáis a ver adónde voy a parar?

Y encima, sexista y pro-zoológicos.
Todo mal.

1979: Rafael González se ha jubilado. No sé hasta qué punto influye eso en la decisión de Jan de volver a llevar a Superlópez a Bruguera, pero así lo hace. Y su nueva propuesta incluye entregas más largas, con color manual, y guiones fantásticos y llenos de slapstick hilarante, cortesía de Pérez Navarro, que ha visto que el personaje tenía más que ofrecer.

Propuesta aceptada: aparecen las primeras historietas autoconclusivas (ocho páginas) en Mortadelo Especial. Pero pronto Pérez Navarro se embarca en historias largas episódicas. Y llega El Supergrupo (1980). Y Todos contra uno, uno contra todos (1980). Para muchos (y muy amigos míos), la cima del personaje y del dibujante.



Un juicio un poco injusto, lo de la cima, porque inmediatamente después, Jan toma las riendas de los guiones y hace Los Alienígenas (1981). Y El señor de los chupetes (1981). Y La semana más larga (1981). Y Los Cabecícubos (1984). Y La caja de Pandora (1985). Y en cada una de estas historias, va resquebrajando más los moldes gráficos de Bruguera, pasando la mano por la cara a todos los demás autores de la casa. Sean de relleno o titulares.

Abrir un Mortadelo Especial por la página de Superlópez es para caerse de espaldas ante la explosión de color...


...la minuciosidad de cada tornillo...



...el despiporre argumental.


Bruguera publicó más de trescientos álbumes en la colección Olé. Creo que los únicos que yo y mis colegas de El Jueves nos pondríamos de acuerdo en salvar de un incendio o de una mudanza son estos. No sé de qué otra manera describir lo increíblemente divertida e inspiradora que es la obra de Jan.


Pero ESTO NO ACABA AQUÍ. Y abomino de las mayúsculas, pero las voy a usar ahora.

Resulta que Jan es tan bueno que consigue lo que en la historia de Bruguera sólo han conseguido Ibáñez y Escobar: pasar de autor de relleno a tener revista con su propia cabecera.


Desgraciadamente, esto llega en 1985, en los últimos estertores del Imperio Bruguera. Y la revista aguanta tres números. La historia que serializaba, La gran superproducción, se termina directamente en álbum, el último de Bruguera antes de bajar la persiana. Y entonces llega B y todo eso que ya hemos contado.

Pero alguien en Ediciones B sigue creyendo en la cabecera; ve que Jan es un artistazo que tiene que comer aparte. Y en vez de meterle de relleno en su Mortadelo de marca blanca, le dan una nueva revista, en 1987. Y en ella empieza Viaje al centro de la Tierra.


Es en esta aventura exactamente donde muchos críticos denuncian el principio de la debacle, los primeros "síntomas de la enfermedad que acabará con la serie". Y aquí es donde me pongo serio. Porque si secuencias como esta:


...o esta:


...o esta:


...viniendo de la "escuela" del plano sin perspectiva y el fondo bosquejado, a alguien le parecen síntomas de una enfermedad, se puede ir al puto infierno de los nostálgicos en su cinicomóvil.

Sí, Superlópez cambia. De álbum en álbum. Algo ciertamente insólito cuando el referente vitalicio es F. Ibáñez, cuyos cambios de estilo se miden en periodos de diez superhumores, pero así es Jan. Aunque en nivel de detallismo toca techo en Viaje al centro de la Tierra, sigue desbordándose gráficamente en los siguientes álbumes, con una gestualidad apabullante y líneas cinéticas delirantes, haciendo viñetas más grandes para montarlas en composiciones de página locamente dinámicas que ningún otro autor de su escuela sueña. Para el lector infantil de Mortadelos, ver este Superlópez es como descubrir tres dimensiones adicionales. Pobladas, además, de petisos y otros animalitos. :_)



Y claro, los guiones cambian también, porque a Jan le apetece contar otras cosas, muchas y muy diversas, que sólo un filisteo puede meter en el mismo saco etiquetado como "Superlópez malo". Ahora, un viaje tintinesco en En el país de los juegos (1988). Ahora, una historia tierna starring Martha Hólmez en El asombro del robot (1989). Ahora, un loquísimo "Escoge tu propia aventura" en Los petisos carambanales (1989). Ahora —sí, ¿qué pasa?—, un mensaje antidroga a los jóvenes en Un camello subió a un tranvía en Grenoble y el tranvía le está mordiendo la pierna (1991). Porque a Jan le preocupan los jóvenes. Le preocupa que os endroguéis y vayáis a fiestas de punkis treintañeros y acabéis haciendo revistas que son fanzines con ínfulas en las que habláis de cuando Superlópez molaba. Mal, chicos, mal. Decid "naranjas".

Y por cierto, sólo en el título de ese álbum tan denostado Jan ya nos recuerda que tiene él más personalidad que todo Ediciones B. ¿Alguien imagina a Ibáñez diciendo a su director "mi próximo largo tendrá un título de dieciséis palabras"? No. El próximo largo de Ibáñez se titula La bombilla, ¡chao, chiquilla! Y los profesores de la escuela Bruguera ríen en sus tumbas.


La revista Superlópez se despide tras 55 números, al terminar Los cerditos de Camprodón (1990). Los siguientes largos se serializaron en Yo y Yo, y finalmente en Super Mortadelo: Jan vuelve a ser autor de relleno.

Las revistas se extinguen en 1995, pero Jan sigue produciendo álbumes hasta hoy. Que yo sepa. El radio de acción de este blog y de mi fascinación no va más allá de esa fecha, pero procuro no volver la espalda a todo lo que se salga de una subjetiva "edad de oro": en casi todos los Superlópez hasta 1995 me pierdo a gusto, y hay varios aún posteriores que me gustan mucho.

Y no, no ha vuelto a haber una Caja de Pandora. Sé que muchos dibujantes en la posición de Jan harían La caja de Pandora una y otra vez; muchos críticos la harían; muchos fans la harían. Pero Jan no la vuelve a hacer, porque ya la hizo. Y eso, eso exactamente, es un síntoma de genialidad. No de enfermedad. Superlópez lo dijo mejor que yo en Cachabolik Blues Rock.

Fun fact: Jan dibujó troquelables de Heidi para Bruguera en los 70.


Bill Watterson se cansó del cómic en 1995. Ahora pinta y hace música y ha pedido a sus agentes que no le envíen más fan mail de Calvin & Hobbes. Jan no fue tan drástico; no dejó Superlópez, pero dejó La caja de Pandora para perseguir otros intereses. Y si tu reacción a esto es "pues ojalá hubiera dejado a Superlópez del todo, para no empañar mis recuerdos de su buena época", eres una rémora inmovilista como los que se oponen a nuevas versiones de Cazafantasmas conflictivamente distintas a la que les gustó de niños.

Superlópez no es nuestro patrimonio, nos guste o no. Nosotros sólo lo comprábamos y leíamos en horas; Jan lo escribe y dibuja en meses. Por no mencionar que comparte nombre y apellido con él. Es su personaje. Y se lo llevó consigo en pos de nuevas aventuras.


*

Muchos ex alumnos de Bruguera son críticos con la difunta editorial. Le reprochan el humor formulaico, el desprecio al artista y la escasa innovación. Cabe preguntarse, sin embargo, si con B las cosas mejoraron o no. Yo, viendo mi colección, creo que no mucho. Sí, llegó sangre nueva, a la que he colmado y colmaré de elogios en este blog, pero la línea editorial avanzó poquísimo, en diseño y en contenido. Todos los dibujantes de las revistas de B a finales de los ochenta pasan por el mismo cedazo: viñetas ortogonales, color mecánico, cero perspectivas, cero trama. Y del respeto por el artista baste decir que la historieta de Mortadelo la firmó un "Equipo B" durante dos años.

El único que desafiaba ese patrón, el único que se sale de la cuadrícula y de la página, es Jan. No sé muy bien por qué a él se lo permiten, pero las cosas como sean: gracias por permitírselo. Él es el que no pasa por el embudo; es el que desafía las imposiciones, y se lo consienten; es el que hace los cómics que quiere, pagando el precio: pierde público, pero no empeño. Él es quien nos enseña que vayamos a nuestra bola.

Ese es Jan. Nuestro Bill Watterson.