Es irónico que una historieta sobre un hotel tenga piso en mi cabeza, pero asín es. Tal era la influencia que ejercían los tebeos en mi mente infantil, cuando era toda apartamentos para entrar a vivir. Y no fueron historietas lo peor que se me instaló allí de por vida: aún me sé letras de Mecano y Los Ronaldos. No apoyo los desalojos en ningún caso, PERO.
¿Qué decíamos? Ah, sí: desgraciadamente, la huella de Hotel Mediaestrella en los mármoles del cómic no ha sido tan profunda como en el Play-doh de mi masa encefálica. Sabemos que su autor es el querido Jaume Rovira (Sentmenat, B., 1951), y que, según Tebeosfera, debuta en la revista Din Dan en el 71. Reaparece, quizá reimpreso, en distintas cabeceras (Súper DDT y Gina) hasta aterrizar, ahora sí con material inédito, en aquel último Mortadelo de Bruguera, el de 1984-86, del que tanto os he hablado.
No caeré en la trampa de llenar párrafos listando inspiraciones o similitudes obvias, que si Fawlty Towers, que si Tres Estrelles (una y otra son posteriores). La premisa no es complicada ni pretende ser original: hay un hotel, y funciona como el culo. Aunque la cabecera apunte a un reparto amplio, el recepcionista Gómez, el camarero Rompeplatos y el Botones forman el núcleo de la mayoría de historias. El director del hotel suele ser el que va detrás de todo en las persecuciones finales, y la cajera Julita, a quien Rompeplatos le tira los trastos (pun not intended), aparece muy de uvas a peras. Una pena, porque la subtrama romántica es quizá de lo poco en Hotel Mediaestrella que no encontrásemos ya en El botones Sacarino.
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| Póster de la serie encontrado en El Rincón del Taradete; lo sitúan en "los primeros números de la revista Zipi y Zape" (ca. 1972). |
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| 1972. Estilo muy vazquiano. |
Torrenteros de bien han compilado unas cuantas entregas, las de la revista Din Dan, en una antología bastante manejable y (con todos los respetos) no muy interesante. De ello culpo a la juventud del autor, que aún está encontrando su propio estilo, y a la línea editorial de Din Dan, que no había nacido para ser vanguardia del cómic. En las páginas de los números extras aparecen historias más largas y algo más ambiciosas argumentalmente, pero tampoco para tirar el hotel por la ventana.
Es en 1984 cuando Hotel Mediaestrella regresa con una propuesta gráfica más interesante. En el ínterim, Rovira se ha curtido dibujando Segis y Olivio, su serie más recordada y menos atractiva para mí, porque soy así de repelente. De esta época de HM sólo conservo dos entregas. Que son páginas nuevas y no reimpresas es obvio por el dibujo; también por una historieta inicial en la cual el propio Rovira, aún rabiosamente joven, regala una "excedencia" a Segis y Olivio para recuperar la serie de temática hotelera.
La decisión va acorde con los tiempos: estamos en la era del nuevo Mortadelo, el de Matías Guiu, el de Tranqui y Tronco, una revista que va dejando atrás a la primera generación Bruguera y que perderá a las estrellas de la segunda. Parece justificada, pues, la voluntad de ir retirando series con aroma a recesión y reivindicar personajes más identificables con el lector moderno. Remarco lo de la voluntad, no realidad, porque Segis y Olivio no desaparecieron en absoluto de la revista. Rovira no se libraba de ellos.
La serie, aunque creada una década antes, encajaba bien en el Mortadelo de los ochenta. La entrega al principio de este post creo que lo demuestra: cameos (Rompetechos), caricaturas (Matías Guiu), técnica mixta con uso del collage... Todo muy emblemático de esta nueva revista más espontánea, más meta y más política. ¡Incluso con caricatura del ex presidente Jimmy Carter! Rovira estaba jugón. Y eso me gusta.
No negaré que hay mucho en esta historieta que mi yo de 1984 no entendía. Yo no sabía quién era Jimmy Carter, ni mucho menos Armando Matías Guiu. Ni la señora de la foto en la primera viñeta (aún no lo sé; discútanlo en los comentarios). Ni siquiera había pisado un hotel. Pero quizá por eso la historieta y la serie tienen una suite en mi cabeza: porque leyéndola intuía que había algo más, que la historieta no era un universo cerrado sino parte de un mundo, el de los mayores, en el que tenía sentido. Intuía, ya en 1984, que a Hotel Mediaestrella valdría la pena volver.
No me equivocaba.






