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martes, 21 de octubre de 2025

Domènec - El vecino de abajo

Este de la izquierda es uno de los primeros Mortadelos que leí. Octubre de 1984. Recuerdo que, pese a mi tesón y buena voluntad, necesitaba la ayuda de mis mayores para leer la historieta del personaje titular. Un plot twist inesperado: años después me di cuenta de que esa historieta, titulada "¡A por la favorita!", era apócrifa. Hoy sospecho que es de Lourdes Martín. Típico de mi generación: mi primera historieta de Mortadelo y Filemón no era de Ibáñez. Es más: mi primera historieta de Mortadelo y Filemón la hizo una mujer. Cuarenta años más tarde, soy gay. Gracias, Bruguera. 

Página de ¡A por la favorita!, de autor indeterminado. 

La revista Mortadelo de esa época, con su logotipo característico y con gag en la segunda o, no en la primera, llega al kiosco nada más empezar 1984. Es el fruto de refundir las antiguas cabeceras Mortadelo y Súper Mortadelo en una sola, PERO continuando la numeración del Súper Mortadelo, porque pa qué hacerlo simple pudiendo hacerlo complicado. Dicha fusión de revistas era un claro síntoma del otoño del imperio Bruguera. En 1985, Ibáñez y Raf abandonarían el barco para irse a Grijalbo, y en 1986 Bruguera echaría la persiana. Nótese, sin embargo, que ese número de arriba aún es del 84; Ibáñez todavía estaba en nómina. Entiendo que si no hizo él la historieta de M&F es por la baja por una operación de cervicales a la que se sometió con sólo 48 años. Recuerden, niños: antes de una sesión de dibujo de veintiséis horas, ¡hagan sus estiramientos!

Página 3 del mismo número, dedicada a la convalescencia de Ibáñez.
Staff del n.º 200, 1984.

Lo de que la portada aluda a la operación, un tema de tan rigurosa actualidad y a la vez tan interno, es uno de esos detalles que hoy hacen esta época de Mortadelo tan entrañable a mis ojos. Otro detalle es la aparición frecuentísima del director Armando Matías Guiu en las portadas. La huella de Matías Guiu, de hecho, es ineludible; a diferencia de sus predecesores, limitados a mezclar masilla, él escribe y firma sus colaboraciones, como el famoso Diálogo para besugos. Preside el staff de la página 2, repleto de gags y que me recuerda al de El Jueves en la misma época. Se emplean menos rellenadores, pero se les da mucho peso (March hace hasta nueve páginas semanales, entre Tranqui y Tronco y El Mini-rey). Muchos autores (Escobar entre ellos) se acostumbran a dibujarse en los márgenes de sus páginas. La sección de pasatiempos, Rómpete el Coco, incluye cameos de autores y personajes. Es una revista, en definitiva, que enseña la tramoya, mostrando entre sus páginas una redacción familiar y casadepútica, lejos del corporativismo de la Bruguera franquista. Si esta imagen es auténtica o impostada, no lo sé; sé que es divertida. Abundan las puyas entre autores: los humores de Ibáñez y de Matías Guiu, en particular, ácidos e hiperbólicos, casan a la perfección; performan un duelo hilarante de egos grotescamente hinchados que es muy difícil no leer como pura sátira. Y sin embargo, el conflicto existía: la ruptura Ibáñez-Bruguera era inminente.

No sé. Quizá quiero ver en este Mortadelo la redacción en la que me hubiera gustado trabajar. Quizá hasta lo era. 

A mi yo de los ochenta, por supuesto, todos estos gags de editores despóticos y dibujantes explotados le pasaban bastante por alto. A esa edad, la diversión entra por los ojos. Pero es que también había mucho en ese Mortadelo que me entró por los ojos. Exempli gratia: esta página que vive en mi cabeza desde 1984. Desde mucho antes de entenderla.

En el momento de empezar este artículo tenía dos (2) entregas de El vecino de abajo, de Domènec. Creía guardar una tercera, que no he logrado encontrar; en un mercadillo compré dos más. No sé si son bastantes para comprender enteramente la premisa de la serie, cuyo tema central, obviamente, es el infierno, pero que también es literalmente "el vecino de abajo": las viñetas superiores parecen habitadas por gente normal en pisos normales, mientras que las inferiores siempre las pueblan demonios y condenados, como si el infierno se hubiera trasladado a los bajos de un edificio. Ni los demonios ni los condenados ni el resto de vecinos tienen nombres, que yo sepa, pero son recurrentes. Debe de ser de la pocas series en Bruguera que no llevan el nombre del protagonista, salvo en forma de eufemismo.

La temática es indiscutiblemente rompedora. No me he molestado en investigar si hubo precedentes de humor teológico en Mortadelo, pero conociendo aquella historia de que a Ibáñez le censuraron por blasfema la parodia del doctor Frankenstein en 13, Rúe del Percebe, voy a jugármela y asumir que la Bruguera de los setenta no hubiera tolerado una historieta con la premisa "infierno pero gracioso".

Pero no sólo la premisa es atrevida: narrativamente Domènec también es original, porque las historietas no son estrictamente secuenciales. Más bien (como en "13 Rúe", o incluso como las viñetas post-partido de Óscar Nebreda en El periódico) todo ocurre a la vez. La historia se ordena por "pisos", o incluso por "habitaciones" (grupos de personajes), no por viñetas. Aun así, los diálogos están pensados para leerse en el orden natural, es decir, acabando siempre con el vecino de abajo. Todos acabamos ahí.

Es una historieta difícil. Ambiciosa, también. Muy característica de esta revista que empieza a probar cosas nuevas.

Página del n.º 217. Podría ser la última entrega, pero no lo fue. Hubiera sido dejarlo muy en alto, y nunca mejor dicho.

No soy el primer tebeólogo en interesarse por la figura de Domènec, que sólo emerge en las revistas de Bruguera/B durante un breve periodo en los ochenta. Su ficha en Tebeosfera es un páramo, y además le atribuye alguna obra equivocada, como unas viñetas recogidas en la antología Any d'estelades, que en realidad son del periodista Fran Domènech. Si nos fiamos de la Comiclopedia, entonces probablemente Domènec es Valentí Domènech (L'Hospitalet, 1949), mayormente asociado con Comicup, un estudio gráfico que dibujaba cómics Disney en Europa. También trabajó en animación: he flipado al ver que tiene un crédito en una de mis series favoritas de la infancia, Count Duckula.

"Valentin Domenech" en los créditos de Count Duckula (1988-1993). Me ha hecho mucha ilu encontrar esto.
Insisto: no estoy 100% seguro de que sean la misma persona. Entre otros motivos, como me apunta el colega Kap (gràcies, maco), porque es raro que en Bruguera/B su apellido siempre pierda la h. Idealmente, compararía firmas, pero todo lo dibujado para Disney va sin firmar. Si es él, pues estamos ante otro artista tremendamente versátil, cualidad frecuente entre los rellenadores. Y por edad, también concuerda: "El vecino de abajo" encaja con un autor de unos 35, con mucho oficio ya a la espalda pero también lo bastante joven para querer innovar. 

"Heliotropo" en la contra del n.º 217. Yo tampoco entiendo el chiste del pie. Cuarenta años después, Mortadelo sigue desconcertándome a veces. 

No he encontrado una sola página de la otra serie de Domènec más recordada entre los foreros, El futuro es ayer. Sí tengo sendas páginas de otros dos personajes suyos: Heliotropo, el espía, de la misma época que El vecino de abajo, y una sección de pasatiempos titulada Los problemas de Margarito Neuras, en un Pulgarcito de 1987. Después de ese año, su firma desaparece de los tebeos. Quizá la experiencia en la escuela Bruguera no le dejó buen sabor de boca. (*Voz de Matías Prats*) Podríamos decir que fue un... infierno.

Es una lástima, porque era original, era llamativo, y merecía trabajar en un barco que no se hundiera. De hecho, gracias a gente como él, el barco que se hunde me parece tan interesante que ya os digo ahora que los próximos tropecientos posts en este blog vendrán de esa época. El decline and fall de Mortadelo. Es la revista que yo haría.

jueves, 2 de octubre de 2025

¡Alucine, vecine!

El post de hoy va de que el otro día encontré este tebeo en una pila de mierdas viejas que tenía el kiosquero de la esquina y me dije "mira, de esto saco un post". No hay más.

Alucine ("Más allá del suspense") fue una revista quincenal de corta vida, de lo que en este blog hemos venido a llamar "series serias". No eran estas la especialidad de la escuela Bruguera, que para la cuota de cómic no humorístico en sus revistas solía tirar de material traducido. Sin embargo, en 1984 a la editorial le dio por salirse de su zona de confort y lanzar múltiples cabeceras de cómic pulp, de puro género: western, fantasía, ciencia-ficción... Ninguna duró mucho. La mayor parte eran material importado, aunque Jan Europa, por ejemplo, continuaba las aventuras del personaje creado por Edmond (Edmond Fernández, Barcelona 1938) que ya habían salido de relleno en tebeos de risa. (Glénat recopiló todo Jan Europa en 2009.) 

Anuncio de "Cómics Bruguera" (no "historietas", ojo) en un Mortadelo de 1984. El imperio se reinventa.

Bruguera ya estaba aquí en sus últimos estertores. Y se notaba un poquitín. Los nuevos "cómics Bruguera", de diseño muy inspirado en los comic-books estadounidenses (las portadas son, con diferencia, lo mejor), surgían en respuesta a la relajación de la censura en la Transición, pero sobre todo eran un intento de explorar nuevos mercados cuando las revistas de humor ya estaban de capa caída: DDT y Din Dan ya habían cerrado, Tío Vivo y Pulgarcito aguantaban pero daban sus últimos coletazos, y las distintas cabeceras de Mortadelo se habían refundido en una. En este Mortadelo, el primero que en mi casa me compraban à moi, mi tierno yo de 4-5 años flipaba con los vistosos anuncios de Alucine, que nadie tuvo a bien regalarme porque ya me daría sustos la vida, supongo. 

He tardado apenas cuarenta años en descubrir lo que la revista contenía. ¿Valió la pena la espera? Hombre, sí, porque entretanto se ha inventado Internet. Imagínate leer Alucine y no tener un blog donde explicar lo mala que es.

No he hojeado nunca un número del Tales from the Crypt de EC Comics (1950-55), pero entiendo que ese era el norte magnético de Alucine. Mejor dicho: ese era el norte magnético de un tebeo alemán, Gespenster Geschichter, fundado en 1974 por la editorial Bastei-Verlag en Colonia, y del que Alucine era una mera traducción (también lo eran las revistas Tex Norton y Bufalo Bill.) Cada número (hubo once) recogía cuatro historias cortas. Todos ellos se recopilaron más tarde en tapa dura, estilo Súper Humor. Súper Horror.

Viñeta de Tomás Marco.

Irónicamente, de los cuatro autores acreditados en el número que yo he comprado, tres eran hispanos: Pablo Zahlut (argentino), Tomás Marco (Badalona, 1929-2000) y un tal Roca, al que no he identificado pero cuyo nombre me suena más de Riudellots de la Selva que de la Selva Negra. No deja de tener guasa que tres dibujantes que probablemente intentaron publicar en España, en un mercado dominado con mano de hierro y nariz grandota por la escuela Bruguera, tuvieran que irse a trabajar a Alemania en los setenta, y luego, en los ochenta, Bruguera estuviera traduciendo sus tebeos en un intento de salvar el imperio. 

Viñetas de la historia titular, arte de Zahlut. Me desconciertan profundamente los textos, que no sé si eran así en el alemán original. ¿Por qué una abeja gigante, quitándose la máscara, dice "detrás de la máscara hay una abeja gigante"? Ya lo sé, abeja gigante. Te estoy viendo. Es la magia del cómic. No soy gilipollas, pese a lo que mis lecturas den a entender.
Pero que las reflexiones vayavayistas no nos distraigan de lo importante: ¿las historietas eran buenas? No. A juzgar por las cuatro que tengo, eran bastante lamentables. Pero en su defensa debo decir que daban lo que prometían. ¿Abeja gigantesca en la portada? La tendrás también (peor dibujada y coloreada, eso sí) en las páginas interiores, que me recordaron, por cierto, a este episodio clásico de televisión. Asumo que en el número anunciado más arriba, el del esqueleto saliendo del carruaje que tanto me fascinaba, la historia también estaría a la altura de la portada. 

Esa honestidad es rara hoy en día. Ya he hablado alguna vez de lo que me costó en su día encontrar historias de terror que me dieran lo que Scooby-Doo me enseñó que era el terror: calaveras sonrientes y castillos tenebrosos. No tensión social y matrimonios distanciándose. Métase su crisis de los cuarenta por el culo, señor Terrorpsicológiquez: yo he venido a alucinar, ¡y a fe mía que Alucine, de tener yo 4-5 años, lo habría conseguido!

lunes, 4 de agosto de 2025

Soy un autor de MASILLA

Durante años en este blog he hablado de los autores de relleno como si fueran la casta más baja de las revistas de cómics, los artistas cuyas series contribuían a hinchar la paginación del Mortadelo o Zipi y Zape semanal. Y esa es una mala costumbre por mi parte. Porque así sólo contribuyo a invisibilizar a otros autores aún más marginados: los de los chistes sueltos, sin serie ni regularidad, ni cabecera, ni crédito a veces, metidos al buen tuntún allí donde cabían. Los mismos chistes que hoy decoran los márgenes de este rincón mío de bloguismo dosmilero. Chistes como estos:

Es bastante frecuente, en cualquier revista de cómics de Bruguera/B, al menos una página de chistes de una sola viñeta. Los americanos los llaman gag cartoons, o one-liners, porque suelen incluir el diálogo en una sola línea colocada a modo de pie de foto, sin bocadillos. Esta regla es tan estricta que a veces, en un chiste mudo, los editores añaden la línea que dice textualmente "Sin palabras", o se las apañan para introducir una descripción innecesaria del dibujo, pero no he visto a nadie fuera de Bruguera/B ser tan ortodoxo. El formato, de hecho, es popularísimo. Es el preferido por revistas como The New Yorker o Playboy. Es el formato en que brilló, por ejemplo, Charles Addams, padre de la familia homónima. Ed Steen es uno de mis favoritos de la generación actual. En España, Mingote me parece un referente del género.

Conti en un Mortadelo de 1984.
José Royo en un Mortadelo Extra de 1991.

En mis primeros tebeos (ca. 1985), el autor de los chistes sueltos a menudo es Conti (Carlos Conti Alcántara, Barcelona 1916–1975), un pilar de la escuela Bruguera. Expresivo, accesible e inmune a la censura franquista ("El humorista debería ser apolítico", dijo en una entrevista [J.M. Vilabella: Los humoristas, Amaika, 1975]), su vasta obra incluye muchísimos de esos chistes inocuos que Bruguera reimprimiría durante años —siempre, eso sí, con la debida acreditación. En la época de B, el mismo rol recaía, hablando así de memoria, en Pañella (Vicenç Pañella, Barcelona 1936 – Vilafranca del Penedès 2020) y en José Royo (Barcelona 1922 – Castelldefels 2012). 

En tebeos más viejos que yo, sin embargo, la cosa cambia. En los años setenta la revista Mortadelo incluía bastantes más páginas-contenedor con one-liners como los del principio de este post. Y mientras que hay algún producto de kilómetro cero (a veces se reconoce por las narices puntiagudas un Ibáñez de dos décadas antes), la mayoría es material extranjero. No hay crédito más allá de la firma, cuando esta aparece y si es legible. La traducción, imagino, se hacía en la casa. Son one-liners: no hay que saber mucho francés o inglés o neerlandés para intuir el chiste.

Tan claro es que esas páginas se componían en la redacción, que a menudo había que complementarlas con chistes en formato texto. Esto de abajo es el aspecto típico de la página 3 en un Mortadelo de los primeros años.

Página 3 de un Mortadelo de 1971. Alrededor de tres one-liners (dos de ellos sin firma), los créditos (arriba a la izquierda), y unos cuantos chistes de casete de gasolinera, todos anónimos. Tres de ellos, además, escenificados en dibujo, también sin firmar (pero ya os digo yo que es Gosset, el de "Hug el Troglodita").

¿Y de dónde salían esos one-liners? Pues miren, no tengo el gusto de conocer a nadie que trabajase en una redacción de Bruguera en los setenta, pero me encanta imaginarlo, así que voy a tirarme a la piscina. La cosa es que en el mundo pre-internet, la prensa tiraba mucho de recurso gráfico contratado por agencia. Igual que hoy día una revista se suscribe a un banco de imágenes online para utilizar sus fotos y ahorrarse el fotógrafo, o pide permiso a Universal Press Syndicate para que le dejen poner la tira de Snoopy, en los setenta a.C. (antes del Chrome), las agencias mandaban representantes a tu redacción, que llegaban con una carpeta como un vendedor puerta a puerta y te enseñaban su mercadería. No sólo imágenes, sino muchos contenidos atemporales: pasatiempos, horóscopos... y supongo que también one-liners. Esa es una posible explicación para que el trabajo de muchos dibujantes americanos y europeos acabara, agencia mediante, en las páginas de Mortadelo.

Otra explicación es que lo recortasen de revistas extranjeras, lo tradujesen y publicasen por la puta cara. No digo que lo hicieran, ojo. Digo que es otra explicación.

Página 3 del núm. 4 (1970). Seis one-liners, dos sin firmar (¿diría que el de abajo es Conti?), un chascarrillo de Marianico el Corto... y un par de ítemes de actualidad, que no todo ha de ser jijí-jajá. Por ejemplo, esa noticia sobre esos "rascacielos gigantes" que están construyendo en Nueva York, y que estamos deseando ver acabados. Un momento, me comunican por el pinganillo que... ¿Cómo? ¿Qué me dice? ¿Un avión? Hostia puta. Bueno, pues menos mal que construyeron dos, ¿no? Ja, ja. 

Que esas páginas contenedor casi desaparezcan en la etapa de Ediciones B (1986 en adelante) podría significar que eran una mala práctica de Bruguera que se quería dejar atrás. Pero lo dudo. Primero, porque no veo a nadie de B diciendo "esto es una mala práctica y deberíamos dejarlo atrás". Segundo, porque otra cosa que va en declive a partir de la etapa B es la publicidad.

Página contenedor típica construida en torno a dos anuncios, uno de otra revista de la casa, y otro del Instituto Americano, por si ahora, cuando termines de leer Anacleto, te da por ir a aprender aeromecánica. Que serías un perfil de persona que me fascina, pero se ve que en los setenta en España era normal. 

Y es que el director de publicidad, en una revista, tiene mucho que decir sobre la escaleta semanal. Busca anunciantes, les vende el espacio, y luego llega a la reunión y canta el menú: "Hoy tengo un cuarto de página del Sanson Institute, media vertical de CEAC, cuarto bicolor de Tigretón, dos y cuarto de libros y promociones, y contra de las muñecas de Famosa". Total: cuatro páginas y cuarto de publi. En un Mortadelo de 32 páginas, menos 24 de series fijas y una portada, eso querría decir que esa semana quedan dos y tres cuartos por rellenar. En bloques desperdigados por toda la revista. Algunos a color, otros en bicolor o en b/n. 

¿Cómo llenas eso? No puedes encargar otra serie a un colaborador habitual, porque no tendrá regularidad: otra semana igual entra más publicidad y se pierde ese espacio. La solución son los one-liners. Pequeños, monocromos y fáciles de maquetar. Perfectos para tapar huecos. La masilla de la revista.

Ojo: "masilla", como "relleno", no es una ninguna marca de deshonor. Es trabajo que aún hoy se hace en la redacción de cualquier medio impreso. Masilla eran los célebres Diálogos para besugos de Armando Matías Guiu. Masilla son series importadas como Cuervo Loco (The Crows), de Reg Parlett (Londres, 1904–1991), una tira que aparece en Mortadelo con regularidad, pero con las viñetas reposicionadas como haga falta. (Que no haya deshonor en la factura no significa que haya respeto por parte del editor.) En el argot periodístico de Estados Unidos existe el concepto bus plunge, referido a las noticias de accidentes de bus que salían en los diarios, no porque fueran importantes, sino porque se podían resumir muy sucintamente y te llenaban un agujero en la maquetación. Lo mismo pasa hoy en El Jueves: siempre hay algún faldón o una columnita de dibujos rápidos hechos a última hora por tu encofrador de confianza.

¿Ves? Doblando un poco la tira de Cuervo Loco, que el autor es extranjero y no se queja, te entra aquí el anuncio del estiraenanos, y este bujero te lo tapo con dos guanláiners que me he encontrao en el fondo de un cajón. Maquetación profesioná. Enga, vamos a hacer el tercer desayuno.

Sabe dios que en este blog nos encanta rescatar nombres enterrados con nuestras colecciones de tebeos viejos, pero reconocer a todos los autores de masilla en Bruguera y B sería tarea de una magnitud que supera mi entusiasmo. Estas, sin embargo, son algunas de las firmas que he sabido leer e identificar. Son una fracción de todos los publicados.

domingo, 26 de mayo de 2024

Elegía del ectógrafo

Entro a saco: el personaje que menos me gusta de F. Ibáñez es El Botones Sacarino. Desde pequeño. Y nunca he sabido muy bien por qué. No creo que fuera el humor formulaico porque, seamos sinceros, no es que el resto de la obra de Ibáñez fuera innovación constante, y la peligrosamente obvia inspiración en el Gaston Lagaffe de Franquin no es algo que a mi yo de ocho años le quitase el sueño. 

Un Olé de 1985.
De los míos.
Sin embargo, muy aburrido tenía que estar yo para no pasar de largo las páginas de Sacarino que solían concluir la mayoría de álbumes Olé de Mortadelo en los 80. "Mortadelo y Filemón con el Botones Sacarino" es la cabecera más frecuente en mi (lo admito) fragmentaria colección. Sacarino era el relleno de los álbumes Olé. Quizá por eso lo menospreciaba.

Pero hace un año se me ocurrió otra posible razón: no estoy seguro de tener ni una página de Sacarino dibujada por Ibáñez.

Revista Sacarino, 1975.

No estoy diciendo que no existan, ojo. Sacarino fue creado para la revista DDT en 1963 (aunque la estructura tradicional de sus historias, con un "presi" que recibe los golpes y un "dire" que recibe golpes y castigos del presi, nace en el 66); en el 75 tuvo incluso revista propia, que duró seis meses, según Tebeosfera. No cuestiono que Ibáñez hizo al menos las portadas; el estilo es inconfundible. Pero ese estilo está a años luz de las páginas que cierran mis Olés viejos de los 80 en adelante. Como muestra, tres botones. (Sacarinos. Ja, ja. Ah, musas del humor, dejadme vivir.)

Pido disculpas por la calidad pésima de estas fotos. Desde que me embarqué en este blog en 2013 ha habido algún que otro cambio en mi vida; por ejemplo, que me cambié de país y me dejé el escáner encima del piano. También notaréis que, fotos aparte, las historietas son una puta mierda. Eso no es culpa mía. Las tres acreditan a guionistas (José María Casanovas, Jaume Ribera, Jesús de Cos) y ninguna divulga al dibujante. Lo que me lleva al tema del que quería hablar hoy: los ectógrafos.

*

A ver, lección de tebeología 101: hay toneladas de material de personajes de Ibáñez que no es de Ibáñez. Lo escribieron y dibujaron ectógrafos (= negros, en castellano problemático). Tebeólogos más rigurosos que yo, que son todos, los han enumerado, historiado y hasta entrevistado. Old news. Sigan andando, nada que ver.

Pero una cosa es saber esto, y otra muy distinta es repasar tu propia pila de los tebeos y descubrir cuánto de lo que consumiste de crío era gato por liebre. La última vez que yo pasé por Villa Cantero me dio por contar las páginas de Ibáñez en un Super Humor enteramente de personajes de Ibáñez (B, primera época, n.º 37). Conté seis. Seis. Un Super Humor son 320 páginas.

Osete, ectógrafo prolífico.

Por supuesto que esta no es la peor mentira que nos han colado a la generación de la Transición. Véase la Transición, sin ir más lejos. Además, cuando eras pequeño esta información no te importaba mucho; ni siquiera tenías claro el concepto de autoría; tú querías tebeos y punto. No obstante, la existencia de los ectógrafos ya empañaba a veces la lectura: yo recuerdo perfectamente, siendo muy niño, quejarme a mi madre de que una historieta de Mortadelo "estaba mal". No sabía expresarlo de otro modo. Ahora sé que lo que pasaba es que era de Osete. Imagino que es como se siente un niño que pide el DVD de Cars y recibe el mockbuster brasileño Os Carrinhos. Con la diferencia de que aquí no podías culpar a tu abuela por ser una cutre que compra los DVD en el bazar chino, porque en el caso de los tebeos, el falso y el genuino estaban uno al lado del otro en el kiosco, publicados bajo el mismo sello. Bruguera era su propio Vídeo Brinquedo.

Mi experiencia con los mortadelos apócrifos durante mi infancia, pues, se resume en que eran mayormente invisibles, y si yo conseguía verlos, malo.

Pero ya no soy un niño, como se empeñan en recordarme mi alopecia y el segurata del chiquipark. Ahora sé apreciar a los artistas que trabajan en la sombra. Conste que en general, ahora mismo, creo que no les falta aprecio entre la intebeolligentsia: casi todo lo que he leído sobre ellos es amable, agradecido, y francamente más piadoso de lo que escribiría yo. No obstante, en mis incursiones en mi baúl de los tebeos sí ha habido al menos tres hallazgos que me han hecho pensar que los ectógrafos merecían, al menos, un post, un hey, un hasta luego y gracias por el pescado.

 

1. Las criaturas de cera vivientes (1982)

Ramón María Casanyes (n. Barcelona, 1954) no es sólo uno de los ectógrafos más reconocibles y productivos de mi colección; también es un pionero en la reivindicación de su oficio. En 2010 escribió y publicó un documento de dieciocho páginas resumiendo su trabajo a la sombra de F. Ibáñez, al que nunca conoció, desde que entrara en 1975 en el Bruguera-Equip, la fábrica de los mortadelos apócrifos. Si no lo habéis leído, es lectura obligada. Un texto amargo, descarnado a veces, pero no carente de ilusión. La experiencia de un soñador atrapado en la rueda del capitalismo.
 
Este contraste, a posteriori, es obvio en las mismas páginas de Casanyes. Él mismo afirmaba que Bruguera pretendía formar un equipo de "autómatas", generadores de páginas para alimentar a la imprenta insaciable. Pero evidentemente los artistas detrás de esas páginas no eran robots. Por mucho que les fastidiara a sus jefes, Casanyes tenía personalidad, talento y (sobre todo de joven, como suele pasar) ganas de lucir. Y cuando Ibáñez ya se había encadenado a los planos fáciles y la escenografía escasa, Casanyes, por ejemplo, hacía esto:
 

 
La historia se titula Noche terrorífica, y es de 1977. Este esmero en la ambientación de las últimas viñetas, reconozcámoslo, no es algo que en Mortadelo se diera por sentado, Ibáñez o no. Pero en las cuatro páginas de esta historieta, Casanyes se regala. Los referentes ibañecescos no dejan de ser obvios; el coche elegido, por ejemplo, parece sacado del que Ibáñez dibujó en El Sulfato Atómico (álbum del que, según Casanyes, había originales en la redacción de Bruguera de los que los ectógrafos tenían prohibido copiar, por ser el estilo demasiado elaborado); del murciélago y el castillo también encontraríamos antecedentes. Pero el entintado prolijo, el plano con profundidad y el currazo evidente es todo Casanyes: un dibujante ambicioso de 23 años al que el encargo de hacer mortadelos apócrifos no le resta entusiasmo. Esto un autómata no te lo hace.
 
Otro ejemplo de Casanyes copiando de la pila
de los mortadelos buenos: véanse los detalles de
la ropa, y cameo del toro de Valor y al ídem.

Repasando mi colección me doy cuenta de que he leído muchísimo Casanyes. Y aunque con ojos adultos la diferencia con Ibáñez es evidente, de niño debía de ser el autor apócrifo que me molestaba menos. Sí, Ibáñez es mejor guionista y humorista, pero Casanyes no tiene miedo a probar cosas nuevas. Ibáñez se encasilla enseguida en patrones que le funcionan: puede hacer ¡A la caza del cuadro! treinta veces (sustituyendo cuadros por calcetines, llaves, diamantes de la gran duquesa) y confiar en que los gags los harán bastante distintos. Casanyes se obliga a hacer historias distintas desde el planteamiento.

Primera página de Las criaturas
de cera vivientes
.
Me sorprende que su famoso texto no mencione, por ejemplo, su primer largo de 44 páginas, Las criaturas de cera vivientes (1982). Aunque en gran medida parece Casanyes haciendo su propia versión de Los Monstruos (1973), la historia tiene méritos propios: más continuidad entre episodios, cliffhangers, y un villano con bastante carisma. Yo poseo un solo episodio en una revista vieja, el del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, que se desarrolla en un sanatorio donde el Súper ha sido ingresado, y lo recuerdo quizá como el único largo de Mortadelo que realmente me despertó curiosidad por encontrar las entregas anteriores y posteriores.

No he podido comprobarlo, pero puede que cronológicamente sea el primer largo de Mortadelo sin intervención de Ibáñez.Casanyes también abrió una puerta ahí. No tardarían en entrar otros.


2. La amenaza (1983)

Si Ibáñez hubiera escrito/dibujado/participado remotamente en este álbum, estoy seguro de que figuraría en las altitudes de muchos ránkings. Seguramente con otro título, además; Ibáñez lo habría llamado "Mogollón en la redacción". Pero como su autor no es Ibáñez, sino un ectógrafo llamado Jordi David Redó (Barcelona, 1950), pues aquí nunca se habla del mayor crossover del Ibañezverso. 

La historia empieza discretamente: como una historieta de Sacarino de relleno. Tu primera impresión es que has dado con el peor álbum Olé jamás editado: un "Mortadelo + Sacarino" en que el Sacarino empieza ya en la página 1. Pero en la página 3, la cosa empieza a ponerse interesante.
 

A partir de este punto, Mortadelo y Filemón se unen a la aventura, apareciendo muy esporádicamente para acabar de rubricar las catástrofes provocadas por Sacarino y su BFF de travesuras. Al BFF, por cierto, quizá le conoceréis también.
 
 
En serio no entiendo cómo a nadie más que a Redó se le ocurrió emparejar a Sacarino con Tete Cohete. En un país del primer mundo habría yaoi de estos dos. Tete y Sacarino explorando sus cuerpos.

En fin. La historia es episódica, pero con cierta continuidad. A medio camino también se unen por ahí el enésimo par de catástrofes calvas de la ganadería Ibáñez:
 
 
Y por supuesto termina con devastación absoluta y nueve personajes titulares en la misma viñeta. Hasta diez, si cuenta el tributo a 13, Rue del Percebe.
 
 
¿Es una buena historia? Mmmno. Ni en dibujo ni en gags gana al Ibáñez más fatigado. Pero representa una ejecución bastante digna de una idea muy buena que Ibáñez tuvo sesenta años para desarrollar, y nunca lo hizo. Hizo falta un outsider para verlo. El outsider fue Redó. Autor de la historia de Sacarino más innovadora hasta que salió esta otra: 


3. El escarabajo de oro (1985)

Este largo me salió en un Super Humor (B, 1a, núm. 52) y todavía me dura el asombro. O sea, ¿un largo de Sacarino, bastante bien dibujado, y que incluye localización exótica, continuidad y un secundario femenino? ¡¿Con  tintes de romance?! ¿Qué está pasando? ¡¿Acaso un quiropráctico le ha tocao un nervio a Ibáñez y le ha curado el cinismo?!


 
Años después de leerlo, resolví el misterio: El escarabajo de oro lo escribió y dibujó enteramente Lourdes Martín (Barcelona, 1958), y la razón tras este nuevo rumbo del personaje de Sacarino (podríamos decir la segunda fase de su spirouización, imitando al botones de Franquin no ya en aspecto sino en tipo de historias) es que se trataba de un encargo de una editorial alemana. Martín, que había sido ectógrafa al cuadrado, es decir, ectógrafa de ectógrafo, trabajando de ayudante de Casanyes (y que es también, creo, la primera mujer de la que hablo aquí en trece años; denme mi medalla de aliado feminista) hizo el álbum para Alemania y más tarde lo vendió también a B en España, razón por la que aparece en mi Super Humor. 

No fue el último intento de reciclar a Sacarino en un personaje algo más tintinesco: el mismo Super Humor contiene un segundo largo de Sacarino (sí, ya es mala suerte), esta vez con guion y dibujo de Miguel Fernández (Barcelona, 1963; no es el Miguel que dibujaba al personaje Fernández). La historia se titula El retorno de titi (1985), e incluye viaje en barco, isla desierta, y un simpático alienígena inspirado clarísimamente en otra franquicia más popular. Una mascota a medida para el Spirou barcelonés, vaya. 
 
Sí, Sacarino, es clavado a E.T.
La película ochentera que me viene
a la cabeza cuando veo este bicho
es sin duda E.T. Andaquetacuestes.

 
El caso es que Sacarino y Titi (es como se llama el mogwai este) viven unas cuantas aventuras muy poco memorables, hasta el final del álbum en que ambos se despiden y se produce, creo, la única instancia de personaje de Ibáñez derramando lágrimas no irónicas. Ojo, que estamos yendo where no calvo had gone before.
 

Una vez más: ¿me parecen buenos álbumes? No. ¿Me parecen muy loables intentos de renovar personajes que ya huelen? Absolutamente. 
 
Y por cierto, siempre ha estado en el aire la cuestión de hasta qué punto Ibáñez era consciente de la existencia y la obra de ectógrafos hasta el cierre de Bruguera (1985). Sólo quiero mencionar que las portadas alemanas de Las criaturas de cera vivientes y El escarabajo de oro parece haberlas hecho él. Y la primera incluso contiene un personaje diseñado por Casanyes.


*

Para muchos de nosotros Ibáñez fue nuestra gateway drug al cómic. Pero no sé cuánto habríamos tardado en pasar a mandanga más fuerte si el Ibáñez que consumíamos no viniera cortado con tanto material subpar. Todos empezamos con Mortadelo, pero también fue el primero al que renunciamos. Astérix, Tintín, Superlópez... son más reivindicables cuando eres mayor. En cambio, cuando conozco a un adulto que me asegura seguir leyendo a Mortadelo con pasión, pienso si no debería acompañarle a casa y hacerle la compra. 
 
Ese desprestigio de Mortadelo es enteramente culpa de la superproducción de su autor, impuesta o autoimpuesta, que diluye el impacto de sus obras más memorables. Bruguera y B contratando a ectógrafos no hicieron más que ampliar aún más ese acervo, aguar más el vino, cortar más la merca. 
 
Pero a mí no me interesan las decisiones editoriales estúpidas, valga la redundacia, sino los artistas que las sufren: los ectógrafos en sí. Y aprecio sinceramente que dentro de las enormes restricciones creativas que se les imponían fueran capaces de explorar territorio nuevo. Que obligados a vivir en la sombra, aún tuvieran ganas de brillar un poquito. Ese es el espíritu del autor de relleno.
 
Viñetas de El crecepelo
infalible,
de Miguel Fernández (1985).
Casanyes ahí sentó un poco de cátedra: todos los largos del Bruguera-Equip después de Las criaturas son malos, pero no tiran de fórmula, y eso es algo. A la caza del Chotta (1985) es olvidable, pero le reconozco que se adhiera a la ambientación de alta montaña. El crecepelo infalible (id.), de Miguel Fernández, es una historia de 44 páginas no episódica (tipo El sulfato atómico) y que a veces hasta da la sensación de parecerse al género de espías que M&F supuestamente parodian. Es una época (la del cambio Bruguera-B) muy vilipendiada, y con razón. Es una mierda. Pero como público objetivo, como niño al que le tocó leer esa mierda, debo decir: al menos vi la diferencia. Vi artistas intentando hacer algo un poquito nuevo.
 
E irónicamente, gracias a que el botones Sacarino fuera el personaje menos popular, aquel del que Ibáñez quería saber menos, es con el que los ectógrafos se sintieron libres de experimentar más, y del que en esa época salieron cosas más interesantes. 
 
¿Exitosas? No. ¿Interesantes? Sí. Decidid vosotros qué cualidad os parece más importante. Yo lo tengo claro.