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domingo, 21 de diciembre de 2025

Carpanta comiendo

Portada de Súper Carpanta n.º 42, Octubre de 1980.

Zipi y Zape, petándolo en clase. Felicidades, chavales. Seguid así y en treinta añitos tendréis un blog sobre paleotebeología que hará las delicias de adultos que aún meriendan. 
Vamos a desbancar un mito: pese a que el sino trágico del personaje era "quiere comer y nunca lo consigue", yo he visto a Carpanta comer bastantes veces. Y no se me puede acusar de leer a Escobar exhaustivamente, así que las instancias de las que yo he sido testigo no serán tan raras. Del mismo modo, aunque los ceros y las calabazas están tan presentes en las historietas de Zipi y Zape como el balón, los castigos corporales o los secundarios que parecen creados para una serie de Antonio Mercero, yo les he visto sacar dieces e incluso obtener sus tan anheladas bicicletas.

¿Qué vengo a decir con esto? Pues que la posguerra no fue pa tanto. No, es broma. Lo que vengo a decir es que las "reglas" que un autor impone a su personaje son menos reglas que directrices, como decía Barbossa. En un corpus tan vasto como el de un autor de Bruguera (Escobar dibujó a Carpanta entre 1947 y 1985 como mínimo), esas pocas transgresiones sólo cementan la premisa de la serie: la excepción hace la norma. Los autores, además, saben cómo romper esas reglas sin que todo se desmorone. Aunque la historieta en que Zipi y Zape sacan sendos dieces sea la única que has leído en tu vida, sabrás que no es lo habitual.

(Acabo de caer en que seguramente es por Escobar que conozco el determinante sendos. ¿Sabéis cuando la gente dice "tal cosa que leí en un libro u oí en una serie tiene piso gratis en mi cabeza"? A veces son cosas útiles.)

Las no escasas ocurrencias de Carpanta comiendo me vinieron a la cabeza hace unos meses cuando estaba hojeando Superhumores y me di cuenta de un patrón curioso. Esta es una historieta de Mortadelo y Filemón que la Página No Oficial de M&F data de 1980. Cuelgo sólo la primera viñeta y la última:


No creo que haga falta una sinopsis de las seis páginas que median entre estos dos extremos. Básicamente, el antagonista es un señor armado con un aerosol que te congela al instante, y las dos catástrofes calvas, en un raro acceso de competencia, consiguen derrotarle y darle a probar su propia medicina. Final inmitigadamente feliz, sin hospitales ni persecuciones, y con ruptura de cuarta pared y todo. "Felices pascuas, queridos lectores."

La navidad parece un motivo de peso para permitir a M&F una tregua en su retahíla de fracasos. Retrocedamos unos años, por ejemplo, a 1973. La historieta se titula "¡La conquista de la Tierra!". Aquí, el final: 

Otra: "Joe Tapón", 1966: 

No todas las navidades son felices, ojo. Esta es "¿Pavo o pollo?", 1962:

Ojo a Ibáñez con pelo. Sólo hacía tres años que creó a M&F.

Cuando planeaba este post, lo confieso, buscaba confirmar una teoría, o prejuicio, de que los finales felices para Mortadelo y Filemón son más comunes en historietas hechas por ectógrafos. Las muestras que he encontrado, sin embargo, no me dan la razón estadísticamente. Sólo la de 1980 es claramente de Ramón Casanyes; la del 66 no tiene firma, pero la Página No Oficial la atribuye a Ibáñez; de la del 73 cabe poca duda. 

Mi impresión, aun así, sigue siendo que los ectógrafos tienden a ser más flexibles con la regla no escrita del final catastrófico, la persecución, y el "Mortadelín, Filemoncete, salgan, salgan". Una razón es que la historieta corta (4-8 páginas) como la que sale en un extra de navidad es más probable que la haga un dibujante apócrifo, porque Ibáñez suele estar concentrado en las historias largas cuyos episodios salen en la revista Mortadelo regular. Otra es que, como ya explicamos en su día, los ectógrafos, frustrados por el anonimato, buscan innovar mientras se les permita, probar cosas nuevas, llevar los personajes a su propio terreno. Hasta cierto punto, puede incluso que quieran distanciarse un poco del cinismo de Ibáñez, cuyos finales amargos no siempre son causados por la incompetencia o mala fortuna de los protagonistas, sino por su ocasional y demostrada mezquindad.

El contraste entre los dos terremotos de Ibáñez y los de Escobar, de hecho, es muy interesante. Zipi y Zape, hasta donde yo sé, eran traviesos, sí, y desgraciados, pero nunca malas personas. Lo cual no impedía que los finales felices fuesen tan raros como en M&F. Escobar no era un cínico. Lo que me lleva a preguntarme si Ibáñez tenía más éxito porque sí lo era. Conjetura que, en sí misma, es cínica.

(Si alguien tiene la impresión de que estoy escribiendo tal cual pienso, sin intención de desembocar en ninguna tesis interesante, hola, qué tal, me llamo Edgar, bienvenidos a mi blog.)

Cálmate, Carpanta, que ahora llego a la conclusión. Que te piensas que vengo aquí con el artículo planeado y el guion hecho. Que no soy Escobar, ¿eh? Soy más bien Ramis. 
Una cosa sí está clara: la navidad en los tebeos parece una excusa plausible para subvertir expectativas y permitir a los personajes lo que el resto del año se les prohíbe en nombre de la regularidad: cumplir una misión, sacar dieces, comer. 

Yo, que tengo una relación complicada con la navidad, veo una lección ahí: si incluso una editorial tan encasillada en sus propias reglas como Bruguera, tan casta y tan timorata y tan agarrada a "lo que funciona", sabía aflojarse un poco el corsé al menos un mes al año, creo que podemos todos. No hace falta celebrar la navidad para seguir la corriente al cristianismo, al capitalismo, o a gente que no te cae bien, pero mola celebrarla para cagarse en la regularidad, porque los días del año que no celebras nada tampoco molan mucho. Mola hacer algo especial, sorprender a tu público. Sorprenderte a ti.

Rompe normas. Sé Carpanta, y come. Él lo hace.

viernes, 13 de junio de 2025

Cómo veranean

Bien es sabido que en este blog nos preocupa la naturaleza del Autoris rellenensis, el obrero de la industria tebeística: quién era, qué hacía y cómo lo llevaba. Normalmente los propios tebeos, sujetos a la corrección y la censura brugueriana, no serían una fuente fiable sobre la vida privada de nuestros pintamonas. Pero cuando se encarga a unos cuantos artistas de la casa una ilustración de sus vacaciones, y cinco de ocho se dibujan siendo explotados por su editorial, creo que vale la pena comentarlo.

Los scans proceden del Mortadelo Gigante, especial Vacaciones, julio de 1974. Los autores: Conti, Escobar, Peñarroya, F. Ibáñez, Raf, García Lorente, Segura y Alfons Figueras.

Mucho que comentar (o pocas ganas por mi parte de trabajar en cosas más urgentes, que viene a ser lo mismo). Me sorprende gratamente la viñeta de Escobar, de quien tengo la mala costumbre de rajar mucho por aquí. Don Josep (Barcelona, 1908–1994) nos regala una estampa familiar entrañable, lejos de los rigores del batín y las corbatas en la residencia de los Zapatilla. A destacar el matamoscas, la fila de los cafés, la señora haciendo el allioli y... ¿me confundo, o hay ahí una niña jugando a fútbol? ¿En 1974? Caratsus. Inesperado desafío a los roles de género en can Escobar. 

Me agrada también que tanto Raf (Barcelona, 1928–1997) como Segura (Barcelona, 1927–Premià de Mar, 2008) hagan hincapié en el vox populi ingenuo que idealiza el oficio de historietista. Muy oportuno. Ambos os están diciendo: "Si alguna vez nos conocemos, esto es lo que no tenéis que decirnos a la cara." ¿Podría, por cierto, establecerse dónde pasaba las "vacaciones" Segura basándonos sólo en el paisaje? Yo apuesto por el Golf de Roses. Sugieran en los comentarios. 

Ah, ¿y queréis un detalle mórbido? Ese fue el último verano de Peñarroya. (El Forcall, 1910–Barcelona, 1975). 

Tremenda profesión. "Enrolaos, decían."

domingo, 28 de julio de 2024

Rovira - Cinco amiguetes (o "La nostalgia os sienta tan bien")

 

Una cosa que me sorprende de mi colección de tebeos infantiles es que salen muy pocos niños. Bruguera no creó un monopolio de cómic infantil/juvenil; lo creó de cómic. Pero cuando estableció ese imperio (cuarentas y cincuentas), todo el cómic en España se consideraba infantil. La censura no hubiera tolerado una escena andergráun donde florecieran los Crumb patrios, incuestionablemente adultos. 

El resultado: un róster amplísimo de personajes de humor, pero que no parecen hechos para atraer a los niños. Vaya, en pocos países los niños crecen leyendo peripecias de señores calvos con gafas. Tintín, Spirou o Spider-man parecen creados para gustar a la quitxalla, pero en España, los niños se agarran al único cómic que existe, el que Bruguera ofrece, fraguado en la posguerra y obligado a ser a la vez divertido y (por mor de los artistas) descarnado retrato social. Aventuras de muertos de hambre, de hermanas solteronas, de sirvientas pánfilas... Joder, que un tío se presentó en Bruguera diciendo "mi nuevo personaje: es un decorador", y alguien respondió "esto a los niños les encantará". ¿Os parece normal?

Zipi y Zape, de Escobar.
Les detesto.

Dicho esto a modo de prólogo jeremíaco, había personajes infantiles, sí. Los principales, cómo no, Zipi y Zape. Sólo que a mí, sus aventuras de colegiales con corbata, con sus gags de calabazas y sacudecolchones, siempre me olieron a antigualla. Son niños del mismo modo que lo es Benjamin Button. Desde sus páginas, los siglos nos contemplan. Me viene a la cabeza una historieta de Z&Z en que salía un farolero: el señor que encendía las farolas de la ciudad una a una porque aún eran de gas. Venga, hombre. Dame a leer el Mío Cid, ya puestos.

¿Qué otros personajes realmente infantiles recuerdo? Pues Roquita, de Gosset; Aníbal, de Rojas; Montse, la amiga de los animales, de Enrich... Y luego, una serie de la que guardo tan poca memoria que es sobre la que he decidido escribir hoy: Cinco amiguetes.


Segis y Olivio, de Rovira, en 1976.
Etapa vazquesca.
Jaume Rovira i Freixa nace en Sentmenat en 1951 y llega a Bruguera en el 69. Pupilo de Escobar y entintador durante unos meses de Vázquez, es de la quinta de Esegé y March —otro vallesà y compañero de estudios—. Su obra más conocida en Bruguera es la serie Segis y Olivio, de profesión traperos (¡paf!, otro bofetón de posguerra en toda tu cara, niño incauto que venías a leer algo ameno mientras meriendas pan con nocilla). No obstante, caída Bruguera, Rovira es de los pocos que continúan en las revistas revividas por Ediciones B, y sigue allí hasta su final. En los Mortadelos de los 90, la tétrada de grandes rellenadores son Cera, Ramis, Maikel y él. 

Piluca, mismo autor, ca. 1989. Primera viñeta muy deudora de Jan. Basándome sólo en el letrero que se ve a medias, me apostaría una cena a que esa primera viñeta es el pueblo natal del autor.
Rovira es de estos cuatro el menos fecundo, y el de influencia más clásica (o sea, viejo). Pero esto le sienta bien. Hacer menos páginas que Ramis —nota: Ken Follett hace menos páginas que Ramis— le permite prodigarse en el dibujo. Y ahí ganamos todos, porque Rovira dibuja MUY bien. Hay documentación, hay paisajismo, hay minuciosidad, hay ecos de Uderzo. Hay tintes autobiográficos, lo cual siempre es bueno: uno dibuja mejor aquello que ama. Hay finísimos detalles de caracterización: Segis y Olivio conducían un Dos Caballos; Piluca cambia de ropa y peinado en función de las modas. Rovira es de los dibujantes que te encuentras hoy en un tebeo y piensas: "¿Cómo es que este tío no estaba haciendo cómic franco-belga?".

(La respuesta es sencilla: Sentmenat no está en Franco-Bélgica.)

Cinco Amiguetes es una serie creada en 1978, pronto instalada bajo las cabeceras de Zipi y Zape —súper, extra y sin plomo—. La premisa es de una literalidad intachable. Cinco chavales. Son muy amigos. Tienen un perro, que sería el sexto amiguete (plot twist!). Juntos forman una pandilla tan variopinta como permitía la escuela Bruguera o, siendo realistas, cualquier pandilla de amigos en una ciudad mediana de Catalunya en los setenta. La misma heterogeneidad de Verano Azul o Los Goonies. De hecho, para esos lectores de neurona laxa que lloran por la "diversidad forzada" en Star Wars, Cinco amiguetes representa una zona de confort. "¿Qué tal si metemos un gordo?" "Por qué no, siempre dan risa." "¿Y alguien con gafas?" "Buena idea, juguemos la carta intelectual." "¿Y una chica?" "Venga, un día es un día." "¿Y un negro?" "Eh eh eh pero esto qué es, ¿la ONU? ¡Basta de politizarlo todo!"

Doble página preciosa cortesía de Humoristan. (Por "cortesía" quiero decir que la he chorizao. Lo siento.)

La Panda, de Segura.
No es lo mismo.
Mi colección particular, que amén de exigua se encuentra a nueve mil kilómetros de donde estoy escribiendo esto, incluye tan poco material de los 5-A que soy incapaz de sacar siquiera sus nombres (por orden en la imagen de arriba: Juanjo, Nacho, Manolo, Bibi, Tato, y el perro Pirata. Gracias, Wikipedia). Aún tengo menos material cuando me doy cuenta de que Cinco amiguetes no es lo mismo que La alegre pandilla, una serie distinta creada por Segura (Roberto Segura, 1927-2008), ni que La Panda, ¡otra serie creada por Segura!

Superman y Clark Kent en la misma habitación: portada de F. Ibáñez de un Súper Humor (1a época, núm. 28, 1979). Salen todos los miembros de Cinco amiguetes (al fondo) y tres de La Panda.

Sí es bastante material para afirmar que Cinco amiguetes es una serie pausada, cosa rara en mis tebeos. Hay pocos gags, y menos memorables, pero el dibujo lo compensa. Las viñetas invitan a sentarse y reflexionar. Yo igual comía demasiado azúcar de niño para advertirlo. Pero lo advierto ahora. (Y aún como muchísimo azúcar.)

Foto de mierda, cortesía mía. Edgar blog bueno.

Ibáñez se arrepintió públicamente alguna vez de crear una serie de tres protagonistas como Chicha, Tato y Clodoveo, cosa que parece obvia siempre que se deshace de Chicha a la que puede (grave error). No creo que Rovira se arrepintiera de sus cinco personajes titulares; diría que lo planteó así para poder elegir cada semana. No tengo ninguna historieta en que salgan los cinco, pero las hay. Y claramente, cuando tocaba sacar a la plantilla entera, Rovira no bajaba el listón del dibujo:

Lo dicho de los ecos uderzianos. Si es que no hay como colorear con amor.

Sin embargo, que poco después el autor crease otra serie, Piluca, que podría ser la misma niña con el mismo perro y sin más guarnición, confirma que no necesitaba a una multitud para hablar de lo que quería hablar: de aventuras, travesuras, largos veranos y amistades inquebrantables.

Y una apostilla: es curioso que March y Rovira estudiasen juntos —lo dice él— porque no podrían ser dibujantes más distintos. March, todo rayas alargadas e histrionismo. Rovira, redondeado y tranquilo como una excursión campestre. Son el efecto bouba/kiki del cómic brugueril.

Contraste: March ca. 1987 vs. Rovira, 1978.
 

El final de la serie es el mismo de todas las series que discutimos por aquí: que B abandonó las revistas de cómics, y Jaume Rovira se pasó a la animación. Hoy estará jubilado. Supongo. No he querido molestarle. No puedo molestarle; no tengo su teléfono; soy un señor que hace un blog con los calzoncillos en la cabeza. No pidáis peras al olmo.

El legado de los Cinco amiguetes es relativo. Menor que el de Segis y Olivio, diría. Lo cual me parece tan predecible como injusto, porque S&O era cuadernismo gris, mientras que 5-A era modernidad y optimismo. Me ha gustado descubrir que tuvieron un álbum Olé, La fiesta de disfraces, del que estoy considerando seriamente pillarme una copia, y en números extra de la revista Zipi y Zape (1972-86) llegaron a tener historietas de hasta catorce páginas. Las cortas solían servir de relleno en Olés de Z&Z. Y poco más.

Y eso es lo que me parece irónico. Porque hoy día, cualquier proyecto narrativo que quiera apelar a nuestro niño interior, a la nostalgia en que nos refugiamos para escapar de la distopía que es el siglo XXI, tira sin rubor del recurso de la pandilla infantil: de las aventuras por vacaciones, bicicletas, acampadas, y pactos de lealtad eterna firmados a los once años.   

Dos productos de nostalgiaxploitation elegidos completamente al azar.

Lo cual parece indicar que si hoy alguien, inspirado por este blog o, más probablemente, por el dinero, resucitase a los Cinco amiguetes para una puesta al día o una adaptación hecha desde el respeto, el cariño y la molaridad, tendría números de convertirse en éxito. La fórmula está más que probada. Niños pasándolo bien. Es lo que funciona.

Es lo que debería haber funcionado en los ochenta, en realidad. Pero estábamos ocupados leyendo señores calvos con gafas. Yo qué sé.

martes, 30 de agosto de 2016

Jan es nuestro Bill Watterson

Reconozco que el titular es irritante, sobre todo por el posesivo "nuestro", que suena a ese complejo chovinista de necesitar un homólogo local para cada logro extranjero. Pero no van por ahí los tiros. Es mi forma de justificar por qué, en el país de los autores de relleno, Jan es el rey.


Empiezo por el caso más célebre: Todos conoceréis a Bill Watterson (Washington, 1958). Es el creador de Calvin & Hobbes y probablemente uno de los... voy a decir diez artistas de cómic más grandes del mundo, éver. No he hablado con ningún dibujante que le tenga por debajo de genio.


Watterson creó la tira del niño y el tigre en 1985, y trabajaba con Universal Press Syndicate. El syndicate en EE.UU. es una especie de agencia de prensa que distribuye contenidos como columnas de opinión, cómics o pasatiempos a periódicos de todo el país. Una de las pegas de los syndicates es que tienden a uniformizar el formato de sus contenidos, para facilitar a los diarios la maquetación. Por ejemplo, especifican un tamaño único para las tiras diarias, al que han de ceñirse tanto Garfield como Peanuts. Para la tira de los domingos, que es más grande, las restricciones son aún mayores, porque algunos diarios le reservan un espacio en vertical, y otros, apaisado; unos con cabecera, otros sin; así que el formato ha de ser una historieta de ocho o nueve viñetas reposicionables en cuatro o tres filas, en que las dos primeras deben contener un título opcional, la siguiente cae en el formato vertical, etc.

Watterson creía que todas estas imposiciones limitaban su expresión artística, y un día de 1990 decidió unilateralmente que su tira dominical sería una página apaisada, dentro de cuyos márgenes haría lo que le diera la gana. Y si a los diarios no les gustaba, que dejaran de publicarle. Según cuenta Watterson en el prólogo de Páginas dominicales (B, 2001), Universal Press le apoyó y, pese a salir perdiendo con muchos diarios, consiguió lo que quería. Y gracias a esa decisión, pudo regalarnos obras maestras como estas:

 



Y ahora, flash forward... bueno, no; en realidad flash back a la España de la Brugueratroika.

En 1975, Juan López "Jan" (Toral de los Vados, Le., 1939) hace debutar en Bruguera a Superlópez, creado dos años antes para la editorial Euridis. El decimotercer álbum Olé del personaje, El génesis de Superlópez (B, 1989), recoge muestras de esa época. Cuesta reconocer el dibujo expansivo de Jan encarcelado en páginas autoconclusivas de cinco filas por página, desarrollando las viejas tramas predecibles de la escuela Bruguera. Según Antonio Martín en el mismo prólogo del Génesis, Jan se negó a hacer esos guiones, que recayeron sobre Conti o Francisco Pérez Navarro "Efepé" (Barcelona, 1953), y otras fuentes que he leído indirectamente hablan de enfrentamiento entre Jan y el entonces director de Bruguera, Rafael González. No hace falta especular; convengamos, sencillamente, en que Jan se siente disconforme. Como si alguien estuviera limitando su expresión artística. ¿Empezáis a ver adónde voy a parar?

Y encima, sexista y pro-zoológicos.
Todo mal.

1979: Rafael González se ha jubilado. No sé hasta qué punto influye eso en la decisión de Jan de volver a llevar a Superlópez a Bruguera, pero así lo hace. Y su nueva propuesta incluye entregas más largas, con color manual, y guiones fantásticos y llenos de slapstick hilarante, cortesía de Pérez Navarro, que ha visto que el personaje tenía más que ofrecer.

Propuesta aceptada: aparecen las primeras historietas autoconclusivas (ocho páginas) en Mortadelo Especial. Pero pronto Pérez Navarro se embarca en historias largas episódicas. Y llega El Supergrupo (1980). Y Todos contra uno, uno contra todos (1980). Para muchos (y muy amigos míos), la cima del personaje y del dibujante.



Un juicio un poco injusto, lo de la cima, porque inmediatamente después, Jan toma las riendas de los guiones y hace Los Alienígenas (1981). Y El señor de los chupetes (1981). Y La semana más larga (1981). Y Los Cabecícubos (1984). Y La caja de Pandora (1985). Y en cada una de estas historias, va resquebrajando más los moldes gráficos de Bruguera, pasando la mano por la cara a todos los demás autores de la casa. Sean de relleno o titulares.

Abrir un Mortadelo Especial por la página de Superlópez es para caerse de espaldas ante la explosión de color...


...la minuciosidad de cada tornillo...



...el despiporre argumental.


Bruguera publicó más de trescientos álbumes en la colección Olé. Creo que los únicos que yo y mis colegas de El Jueves nos pondríamos de acuerdo en salvar de un incendio o de una mudanza son estos. No sé de qué otra manera describir lo increíblemente divertida e inspiradora que es la obra de Jan.


Pero ESTO NO ACABA AQUÍ. Y abomino de las mayúsculas, pero las voy a usar ahora.

Resulta que Jan es tan bueno que consigue lo que en la historia de Bruguera sólo han conseguido Ibáñez y Escobar: pasar de autor de relleno a tener revista con su propia cabecera.


Desgraciadamente, esto llega en 1985, en los últimos estertores del Imperio Bruguera. Y la revista aguanta tres números. La historia que serializaba, La gran superproducción, se termina directamente en álbum, el último de Bruguera antes de bajar la persiana. Y entonces llega B y todo eso que ya hemos contado.

Pero alguien en Ediciones B sigue creyendo en la cabecera; ve que Jan es un artistazo que tiene que comer aparte. Y en vez de meterle de relleno en su Mortadelo de marca blanca, le dan una nueva revista, en 1987. Y en ella empieza Viaje al centro de la Tierra.


Es en esta aventura exactamente donde muchos críticos denuncian el principio de la debacle, los primeros "síntomas de la enfermedad que acabará con la serie". Y aquí es donde me pongo serio. Porque si secuencias como esta:


...o esta:


...o esta:


...viniendo de la "escuela" del plano sin perspectiva y el fondo bosquejado, a alguien le parecen síntomas de una enfermedad, se puede ir al puto infierno de los nostálgicos en su cinicomóvil.

Sí, Superlópez cambia. De álbum en álbum. Algo ciertamente insólito cuando el referente vitalicio es F. Ibáñez, cuyos cambios de estilo se miden en periodos de diez superhumores, pero así es Jan. Aunque en nivel de detallismo toca techo en Viaje al centro de la Tierra, sigue desbordándose gráficamente en los siguientes álbumes, con una gestualidad apabullante y líneas cinéticas delirantes, haciendo viñetas más grandes para montarlas en composiciones de página locamente dinámicas que ningún otro autor de su escuela sueña. Para el lector infantil de Mortadelos, ver este Superlópez es como descubrir tres dimensiones adicionales. Pobladas, además, de petisos y otros animalitos. :_)



Y claro, los guiones cambian también, porque a Jan le apetece contar otras cosas, muchas y muy diversas, que sólo un filisteo puede meter en el mismo saco etiquetado como "Superlópez malo". Ahora, un viaje tintinesco en En el país de los juegos (1988). Ahora, una historia tierna starring Martha Hólmez en El asombro del robot (1989). Ahora, un loquísimo "Escoge tu propia aventura" en Los petisos carambanales (1989). Ahora —sí, ¿qué pasa?—, un mensaje antidroga a los jóvenes en Un camello subió a un tranvía en Grenoble y el tranvía le está mordiendo la pierna (1991). Porque a Jan le preocupan los jóvenes. Le preocupa que os endroguéis y vayáis a fiestas de punkis treintañeros y acabéis haciendo revistas que son fanzines con ínfulas en las que habláis de cuando Superlópez molaba. Mal, chicos, mal. Decid "naranjas".

Y por cierto, sólo en el título de ese álbum tan denostado Jan ya nos recuerda que tiene él más personalidad que todo Ediciones B. ¿Alguien imagina a Ibáñez diciendo a su director "mi próximo largo tendrá un título de dieciséis palabras"? No. El próximo largo de Ibáñez se titula La bombilla, ¡chao, chiquilla! Y los profesores de la escuela Bruguera ríen en sus tumbas.


La revista Superlópez se despide tras 55 números, al terminar Los cerditos de Camprodón (1990). Los siguientes largos se serializaron en Yo y Yo, y finalmente en Super Mortadelo: Jan vuelve a ser autor de relleno.

Las revistas se extinguen en 1995, pero Jan sigue produciendo álbumes hasta hoy. Que yo sepa. El radio de acción de este blog y de mi fascinación no va más allá de esa fecha, pero procuro no volver la espalda a todo lo que se salga de una subjetiva "edad de oro": en casi todos los Superlópez hasta 1995 me pierdo a gusto, y hay varios aún posteriores que me gustan mucho.

Y no, no ha vuelto a haber una Caja de Pandora. Sé que muchos dibujantes en la posición de Jan harían La caja de Pandora una y otra vez; muchos críticos la harían; muchos fans la harían. Pero Jan no la vuelve a hacer, porque ya la hizo. Y eso, eso exactamente, es un síntoma de genialidad. No de enfermedad. Superlópez lo dijo mejor que yo en Cachabolik Blues Rock.

Fun fact: Jan dibujó troquelables de Heidi para Bruguera en los 70.


Bill Watterson se cansó del cómic en 1995. Ahora pinta y hace música y ha pedido a sus agentes que no le envíen más fan mail de Calvin & Hobbes. Jan no fue tan drástico; no dejó Superlópez, pero dejó La caja de Pandora para perseguir otros intereses. Y si tu reacción a esto es "pues ojalá hubiera dejado a Superlópez del todo, para no empañar mis recuerdos de su buena época", eres una rémora inmovilista como los que se oponen a nuevas versiones de Cazafantasmas conflictivamente distintas a la que les gustó de niños.

Superlópez no es nuestro patrimonio, nos guste o no. Nosotros sólo lo comprábamos y leíamos en horas; Jan lo escribe y dibuja en meses. Por no mencionar que comparte nombre y apellido con él. Es su personaje. Y se lo llevó consigo en pos de nuevas aventuras.


*

Muchos ex alumnos de Bruguera son críticos con la difunta editorial. Le reprochan el humor formulaico, el desprecio al artista y la escasa innovación. Cabe preguntarse, sin embargo, si con B las cosas mejoraron o no. Yo, viendo mi colección, creo que no mucho. Sí, llegó sangre nueva, a la que he colmado y colmaré de elogios en este blog, pero la línea editorial avanzó poquísimo, en diseño y en contenido. Todos los dibujantes de las revistas de B a finales de los ochenta pasan por el mismo cedazo: viñetas ortogonales, color mecánico, cero perspectivas, cero trama. Y del respeto por el artista baste decir que la historieta de Mortadelo la firmó un "Equipo B" durante dos años.

El único que desafiaba ese patrón, el único que se sale de la cuadrícula y de la página, es Jan. No sé muy bien por qué a él se lo permiten, pero las cosas como sean: gracias por permitírselo. Él es el que no pasa por el embudo; es el que desafía las imposiciones, y se lo consienten; es el que hace los cómics que quiere, pagando el precio: pierde público, pero no empeño. Él es quien nos enseña que vayamos a nuestra bola.

Ese es Jan. Nuestro Bill Watterson.