domingo, 10 de mayo de 2026

Segura - Rigoberto Picaporte

Primer discléimer: yo no decido la frecuencia de mis posts en este blog; lo decide mi TDAH. Segundo: tampoco decido el contenido, lo decide el señor del mercadillo que cada semana carga unas cuantas cajas en la fragoneta al buen tuntún, y lo que llegue a la parada llega. Lo demás, en el almacén. No le preguntéis por el almacén. Le asusta mucho la posibilidad de que alguien se presente en su almacén con la intención de comprarle cosas. Imagínate, gente tocando su mercadería. Dándole dinero. Dinero que luego hay que cambiar por bienes y servicios. Un engorro.

Énigüey, hoy el señor del mercadillo tenía esto:

Portada cedida por (= birlada de) Tebeosfera, porque la mía está muy cascada. Pero he pagao dos euros por ella. ¿Quién es el tonto ahora, eh? Exacto: yo.

Rigoberto Picaporte, solterón de mucho porte. Nombre con D.O. 100% Bruguera. Y contenido a la altura. Mi primera impresión hojeando este álbum ha sido, una vez más, ¿por qué el cómic infantil de antes era tan poco infantil, y a la vez tan poco adulto? Y empiezo a pensar que la respuesta, previsiblemente, es la guerra. Herida nunca cerrada, obsesión de la literatura patria, episodio histórico que creó una generación de niños sin inocencia y adultos sencillotes. Sólo en ese contexto demográfico se explica que el editor de Pulgarcito en 1957, que no se habían inventado ni los macarrones, decidiera que a sus jóvenes lectores les muchifliparían las aventuras de un calvo con lacito que intenta arrimar cebolleta a una señorita, diría, veinte años más joven, capeando el genio tempestuoso de su futura suegra. 

La suegra. The suégrer. Villana eterna, Gréndel de la comedia erótica, Moriarty del sainete. Némesis del humorista que fuma. Yo, en serio, recuerdo observar de pequeño a mi abuela materna, suegra de mi padre, y pensar: "Pues no parece tan mala persona." Mis lecturas me habían engañado. ¿Cuántos más prejuicios no me habré tragado doblados? 

Página arquetípica de Rigoberto Picaporte, en formato también arquetípico de este blog: foto con el móvil y a tomar viento. Suscríbanse para más contenido de calidaz.


Y es que Rigoberto Picaporte, serie que hasta hoy sólo me sonaba de pasarla de largo en tebeos apolillaos, es ciertamente humor típico de revista. Pero de revista del Paralelo, de teatro Apolo, de actores estafados por José Luis Moreno. Paso lista del reparto: Rigoberto ("Rigo" para los amigos, porque nacer con nombre brugueriano no ha de impedirle a uno tener vida social) es, en efecto, el calvo con lacito y bigote que podría interpretar perfectamente un joven José Luis López Vázquez. Pareja idónea para su prometida, Curruquita (no me invento nada), la mozuela del peinado chic y más que cuestionable criterio en su vida sentimental. (Ojalá Sexo en Nueva York en los años cincuenta. ¡La de ojos que se hubieran abierto, y no es un eufemismo!) La suegra se llama doña Abelarda. Por si el protagonista no fuera lo bastante torpe para causar las desgracias que han de culminar cada historieta, cuenta también con una sirvienta, Eufemia, con acento gracioso y tan inepta como para confundir la olla de la infusión con el cubo de fregar, y un sobrinete tirando a travieso, Pepito, que además de trastadas proporciona una excusa para mantener la serie en Pulgarcito y no en el Playboy. Donde hubiera encajado bien, si los lectores de Playboy tuviesen sentido de la autoparodia.

La prole de Segura. De arriba a abajo, izquierda a derecha: Lily, Pepe Barrena, Piluca niña moderna, Titín y Gafitas (La alegre pandilla), tres miembros de La Panda, Eufemia (de Rigoberto Picaporte), el Capitán Serafín y el grumete Diabolín, Rigoberto, doña Abelarda, Mus (Alegre pandilla), Pepito (R.P.), el holgazán de Pepón, Curruquita (R.P.) y los señores de Alcorcón.
El álbum, sin embargo, me sirve para enmendar una ausencia en este blog que empezaba a ser clamorosa: la de Robert Segura (Badalona, 1927 - Premià de Mar, 2008), un rellenador prolífero muy interesante gráficamente, con tantos personajes creados que sus series bastarían para que una revista de los setenta cumpliera el peso reglamentario. Algún dibujillo suyo se había colado antes por aquí, pero nunca un artículo entero. Cuando hice el de los Cinco Amiguetes, de Rovira, yo esperaba que el primero dedicado a Segura trataría sobre La Panda, serie más atractiva en tanto que retrato más moderno (y menos estereotipado, diría) de un estrato social contemporáneo que patatín y patatán. Porque ese rollo del tebeo brugueriano como reflejo de la sociedad, aunque muy diluido por años y años de Mortadelocentrismo, tiene algo de cierto. Y Segura es buen observador de la realidad, de esos artistas cuyas páginas reflejan las modas y las costumbres de la época, no una España alternativa de levitas en pleno siglo veintiuno. Los looks de Curruquita en Rigoberto Picaporte son un buen ejemplo.

Las chicas de La Panda.
Portada de la revista Lily (1970), con cómic de Segura. Ojo a la promo. ¿Teens y SEATs 124 en la misma revista? A mí ya se me han ganao. 
Los personajes femeninos, ciertamente, son frecuentes en las series de Segura, y un rasgo distintivo de su dibujo. Varones narigudos a lo Bruguera + chicas planas a lo Garbo son su fórmula personal. En Rigoberto Picaporte (1957), Segura debe mucho a Vázquez y quizá a Ibáñez, entre otros coetáneos. También en el guion y el diseño de personajes: la sirvienta torpe recuerda a la del Doctor Cataplasma de Martz-Schmidt (1953); el sobrinillo cabroncete tampoco sería la gran innovación. Pero las chicas monas y modernas como Curruquita se convirtieron en su especialidad. Hasta tal punto que le valieron al autor un sitio en las revistas juveniles femeninas como Lily (1970), de portadista nada menos. Ellas fueron su gran contribución al universo Bruguera (quizá importada de universos extranjeros: otro día hablaremos de la innegable influencia de Archie Comics en Segura). En una escuela donde los personajes femeninos se limitaban a arquetipos bruguerescos (Petra, Hermanas Gilda, la sufrida Ofelia) o, ya en la era Ediciones B, pibones sexualizados (Irma), las chicas de Segura, bonitas, humanas y cada vez con más agencia y protagonismo, son un caso insólito.  La juventud colorida abriéndose paso por la vieja España en blanco y negro con piernas desnudas e interminables.

Rigoberto temprano: viñetas de influencia TAN vazquiana que dan que pensar y todo. 

Esa esperanza aún queda lejos en las historietas ranciunas de Rigoberto Picaporte. Aunque ninguna página de mi nuevo álbum viene fechada, ¡ni firmada!, el coche de Rigo, que hace parecer futurista al 600, apunta que aún quedaba camino por recorrer (el 600 en realidad ya existía; entiendo que Rigo es un prometido demasiado cutre para permitírselo). Y el humor lo confirma. Los chistes de mancebas lelas y suegras iracundas despiden aroma de vodevil, de matrimoniadas, de casete de gasolinera, de ese humor que ya no ríe nadie y que sólo lloran los pollaviejas. Pero que quede claro: en ningún caso esa cancelabilidad se extiende al autor, que además de prolífico fue longevo: publicó durante varias décadas de cambios vertiginosos, y supo adaptarse. Como Rovira, que pasó de las penurias de Segis y Olivio a las aventuras de los Cinco amiguetes, Segura empezó con Rigoberto Picaporte y acabó con Piluca, niña moderna. Retratos de la sociedad que ya no son víctimas, sino esperanza. 

Y ese cambio es importante. En Rigoberto Picaporte estaban representados los tres tipos de mujeres de la mala comedia, las tres moiras del humor: joven superficial, sierva tonta, vieja mala. Romper ese ciclo, salirse de esa línea entre niña inocente y suegra furibunda, es el primer paso para crear la cosa que más aterroriza al heteropatriarcado: la niña furibunda.

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