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viernes, 4 de septiembre de 2026

Román Cubillo - Tito Glub

El post de hoy es de los que tenía pendientes desde los albores de este blog, cuando, visitando la casa de mis veranos infantiles ya como adulto y flamante colaborador de El Jueves, hallé en el sótano una caja con mis viejos mortadelos y, enfrentándome a aquellas páginas de relleno, amarillas y ásperas y largamente ignoradas, escuché a sus autores decirme desde el limbo: sum quod eris

Desgraciadamente, en trece años un montón de posts menos urgentes parecen haberle pasado por delante a este. Menos urgentes porque sobre Jarry Jarrón o Cinco amiguetes muchos tebeólogos han dicho cosas más interesantes que yo, y las tenéis todas a un googlazo. En cambio, casi nadie se ha molestado en hablar de Tito Glub.


Dos factores se me ocurren para explicar este mutismo selectivo: 1) Tito Glub era tirando a malo. 2) Por no hablarse de él, yo durante años no he sabido ni quién era el autor. Todas las páginas que tenía (en Súper Zipi y Zapes de la época B, ca. 1988) estaban sin firmar. Luego encontré una con firma, y era ilegible. Parecía "Ramón", pero no podía estar seguro. Creo que fue el año pasado cuando descubrí un número en el que la serie se colaba en el índice, y de la forma más tonta se me reveló el nombre del autor como a San Juan le fue revelado el apocalipsis.

Silencio en Tebeosfera. Abucheos en Riazor. Pero al menos una de mis fuentes habituales, la comiclopedia de Lambiek, reconocía el nombre: Román Cubillo (no Ramón, como pensaba yo), colaborador de Bruguera y B, sin más obra conocida aparte de Tito Glub que una serie infantil algo anterior en Pulgarcito en su séptima época, y más tarde en Tío Vivo: Piluca (nada que ver con la Piluca de Jaume Rovira). Su fecha y lugar de nacimiento, como su paradero actual, siguen siendo un misterio.

Dos páginas de Piluca. Si os puede el suspense, la historieta completa la encontraréis aquí.

Piluca y su perro Manolo en la portada de dos números consecutivos de Pulgarcito en marzo de 1984. En la de arriba comparte página con el Trotamundo de Íñigo (Ignacio Hernández Suñer, 1924-2015).
Con el contexto de Piluca entiendo un poco más la presencia en mis tebeos de un artista tan peculiar. El dibujo de Tito Glub siempre me pareció más bien feo, mucho menos dinámico que el relleno típico de la época (en el Súper Zipi y Zape de entonces, la historieta atribuida a Escobar es siempre lamentable, quizá hasta apócrifa, pero ahí están también Maikel y Marco dando brillo y esplendor, por no hablar de Cera en el Mortadelo coetáneo). Pero en Piluca, ese estilo redondeado y suave, más de ilustrador que de comiquero, no desentona. Es más, brilla gracias al color manual.

Cuando Bruguera desaparece y B ocupa su lugar en el kiosco, muchos colaboradores de esa difunta editorial permanecen. Es el caso de Cubillo. Pero quizá a falta de una cabecera infantil, que no juvenil, B le coloca en la Zipi y Zape, el tebeo de los niños sensibles, como he argüido muchas veces. Y allí Cubillo desarrolla su intento de cómic para la chavalada pubescente: Tito Glub.

Septiembre 1988.

Hasta el nombre de la serie me desconcierta. En trece años acumulando entregas para este post he dilucidado al menos que Tito es el nombre de uno de los protas, el gruñón que suele vestir de azul. El redondo de rojo con gafas es Toño, y el larguirucho melenudo con acento es Manolo. (Manolo también es el nombre del perro culé ese de Piluca.) Sus aventuras transcurren invariablemente en el campo, pese a que hablan a menudo del colegio y de padres ausentes. Esta hegemonía del paisaje arbolado en la obra de Cubillo me lleva a preguntarme si es un deje infantil (los niños suelen dibujar árboles y hierba, incluso si viven en ciudad), o que el autor es de provincias y reivindica el ámbito rural. Nunca tan idílicamente como en Piluca, pero de eso culpo también en parte al color mecánico. La verdad es que el feísmo de Tito Glub me recuerda un poco al de Punki Chungui, de Bellido, otra serie cuya autoría me desconcertó durante años, y que tampoco brillaba por la madurez de su dibujo. Claro, si llegas a redacción con un trazo poco brillante, y la política de la casa impone que el color y la rotulación sean directamente mediocres, difícil lo tienes para arrasar.

Ejemplo de despropósito gráfico en Súper Zipi y Zape núm. 63 (1989). Cubillo comete el error de romper el eje en la tercera viñeta (Tito estaba a la izquierda, ahora está a la derecha). El colorista, que ese día también había desayunao fuerte, se confunde y aplica a Toño el color de Tito, y el de Tito también a Tito, por algún motivo. Resultado: Toño de pronto va de violeta saturado, y Tito de blanco. Un día más en la imprenta del humor.

Y volviendo al nombre, lo de "Glub" no sé a qué viene. Sobre todo porque "club" tendría mucho más sentido, siendo Tito un poco el líder de su panda. Es como si un autor poco familiarizado con el cómic hubiera visto que otros personajes dicen "glub" (castellanización del inglés gulp, la onomatopeya del que se siente amenazado) y decidiera incluirlo en el título de su serie así por la cara. Cubillo tiene otros tics parecidos; por ejemplo, lo de que el perro de Piluca use bocadillos de "pensar" (como Snoopy o Garfield), pese a que en realidad habla, porque los humanos le oyen.

Hugo en Súper Zipi y Zape, 1989.
Después de 1989 Tito Glub y Cubillo desaparecen enteramente de mis tebeos. De los míos, y de todos, que yo sepa. En ese último año, Cubillo firmaba aún otra serie en la misma revista, titulada Hugo. Hugo, por cierto, era el hermano pequeño de Piluca, el que hace pis en el bosque en la historieta de arriba. Y aquí ha crecido y tiene su propia hermana pequeña. Ojo a la complejidad del Cubilloverso. El tío se fue sin mirar atrás, pero estaba construyendo algo. Le pido perdón por tardar tanto en darme cuenta.