lunes, 31 de marzo de 2025

Bellido - Punki Chungui

La magia de los tebeos viejos es que están llenos de misterios. En sus páginas encuentras nombres célebres, muchos olvidados, algunos reivindicados (casi cualquier rellenador de Bruguera, por modesto que sea, hoy tiene su elegía en algún libro de Antoni Guiral), y otros para los que, tanto en tu colección como en Internet, hay poquísimo contexto. 

Por ejemplo: esta es la única página que poseo de este personaje y de este autor. 

El scan es mío, de hace años, pero desgraciadamente no recuerdo la revista. Tampoco serviría de mucho: por lo general, los autores relleno de la época de B reciben menos atención arqueológica que los de Bruguera. La firma críptica (¿"W.H."?) no me ayudó en su día a encontrar información sobre el autor. Al cual, además, no parecía prioritario dedicar un artículo basado en sólo diez viñetas. 

Sin embargo, hace poco hallé las respuestas, resumidas también en una sola página: En un hilo de El foro de la T.I.A. de 2008 un usuario rememoraba esta serie y, unas cuantas réplicas poco halagadoras más abajo, el mismo autor respondía como podía a las críticas. 

Portada de Bellido para un retapado de La Judía Verde, editorial Iru, 1991.
Revista Pulgarcito, 9a época (B, 1987). Portada de Jan.

Ahí se resolvió el misterio: "W.H." es en realidad Francisco "Siscu" Alarcón Bellido (Barcelona, 1966), hijo del barrio de Sants y alumno de la Llotja. Su huella en el tebeo infantil es escasa, pero no así en el cómic adulto y erótico, donde ha pasado por tropecientas cabeceras (El Papus, Hara Kiri, Kaña, Manga Cómics, Penthouse Comix...). Sabiendo su nombre completo, es fácil dar con una entrevista que Tebeosfera le hizo en 2012 en la que Bellido deja caer nombres a base de bien (Miguel Francisco, Pasqual Ferry). Por lo que ahí se explica, en 1987 Bellido era aprendiz en Intermagen, una editorial subcontratada por B, y hacía labores de maquetación para la revista Pulgarcito (en su novena época). Pero Bellido, además de maquetar, quería dibujar. Tras mucho insistir, su mentor, Josep Maria Beà, consideró que ya estaba listo para colar alguna historieta. Y de ahí surge Punki Chungui. (Estoy seguro de que la revista donde yo lo encontré no era un Pulgarcito, pero B republicaba material a menudo.)

Debo reconocer una cosa, yo que siempre rajo del color mecánico: en esa página de Punki Chungui, está muy bien puesto. Quizá es cosa del mismo Bellido, desde redacción, mimando ese aspecto de su debut. En cuanto a otros aspectos, como dibujo y guion... A ver, yo muchas cosas positivas no diría. Reiterando que juzgar a partir de sólo diez viñetas está feo, me parece una página inmadura. En todo. Hasta en el nombre. Y quizá por eso podría ahorrarme el artículo, pese a tener ahora algo de información. Pero la forma en que apareció esa información, con el propio autor defendiéndose en un foro (y junto a Miguel Francisco, que también pone los puntos sobre las íes), me hizo pensar que algo sí se podría decir.

El quid de la cuestión es que para publicar en una revista, más que buen dibujo, buen guion o buenos contactos, se valora la profesionalidad. Lo cual significa, básicamente, "buena regularidad". O como leí una vez a no sé quién, no que cuando des el 100% moles mucho, sino que tu 60% ya baste, porque el ritmo de entregas no te permitirá mucho más. 

Pero esta virtud de la profesionalidad sólo se entrena siendo profesional. Y eso implica que, de vez en cuando, una revista ha de publicar a gente que aún está verde. Mis primeras tiras de Edgar trabaja en El Jueves en 2008 me dan bastante vergüenza, y si yo lo veo, estoy seguro de que mi director de entonces, Albert Monteys, también lo veía. Pero debió de intuir que obligándome a publicar una tira cada semana yo acabaría encontrando mi 60%, el nivel en el que doy buen resultado sin exprimirme. Apostó por mí, como Beà apostó por Bellido. ¿Acertaron? Bueno, yo a lo tonto llevo casi dieciocho años en El Jueves, y Bellido ha pasado por más revistas que La Maña. Así que igual sí. Y parte de la función de una revista de cómics es crear dibujantes de cómics. Así que hay que hacer apuestas, y hay que publicar páginas inmaduras. Ha de haber Punki Chunguis. 

Una de las primeras tiras de Edgar Trabaja en El Jueves: El Jueves, 2008. Mea culpa.

Y alguien dirá: "Hombre, hay revistas en las que no te hacen la formación. En el New Yorker, has de ir enseñado." Y yo diré: Bueno, sí. Pero qué rollo, ¿no?

martes, 10 de diciembre de 2024

Corrección política de qué (III)


Ibáñez (supuestamente), 1988. La foto la tomé en un mercadillo, de ahí la calité marca de la casa.

Dejando aparte lo de, en fin, toda la viñeta: la cuestión no es si esto hoy podría o no podría hacerse. La cuestión es: ¿quieres hacerlo?

miércoles, 31 de julio de 2024

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Mortadelo, 1978.

¿No estáis en París 2024? Porque no comisteis bastantes tabletas de chocolate A BOCAOS.

domingo, 28 de julio de 2024

Rovira - Cinco amiguetes (o "La nostalgia os sienta tan bien")

 

Una cosa que me sorprende de mi colección de tebeos infantiles es que salen muy pocos niños. Bruguera no creó un monopolio de cómic infantil/juvenil; lo creó de cómic. Pero cuando estableció ese imperio (cuarentas y cincuentas), todo el cómic en España se consideraba infantil. La censura no hubiera tolerado una escena andergráun donde florecieran los Crumb patrios, incuestionablemente adultos. 

El resultado: un róster amplísimo de personajes de humor, pero que no parecen hechos para atraer a los niños. Vaya, en pocos países los niños crecen leyendo peripecias de señores calvos con gafas. Tintín, Spirou o Spider-man parecen creados para gustar a la quitxalla, pero en España, los niños se agarran al único cómic que existe, el que Bruguera ofrece, fraguado en la posguerra y obligado a ser a la vez divertido y (por mor de los artistas) descarnado retrato social. Aventuras de muertos de hambre, de hermanas solteronas, de sirvientas pánfilas... Joder, que un tío se presentó en Bruguera diciendo "mi nuevo personaje: es un decorador", y alguien respondió "esto a los niños les encantará". ¿Os parece normal?

Zipi y Zape, de Escobar.
Les detesto.

Dicho esto a modo de prólogo jeremíaco, había personajes infantiles, sí. Los principales, cómo no, Zipi y Zape. Sólo que a mí, sus aventuras de colegiales con corbata, con sus gags de calabazas y sacudecolchones, siempre me olieron a antigualla. Son niños del mismo modo que lo es Benjamin Button. Desde sus páginas, los siglos nos contemplan. Me viene a la cabeza una historieta de Z&Z en que salía un farolero: el señor que encendía las farolas de la ciudad una a una porque aún eran de gas. Venga, hombre. Dame a leer el Mío Cid, ya puestos.

¿Qué otros personajes realmente infantiles recuerdo? Pues Roquita, de Gosset; Aníbal, de Rojas; Montse, la amiga de los animales, de Enrich... Y luego, una serie de la que guardo tan poca memoria que es sobre la que he decidido escribir hoy: Cinco amiguetes.


Segis y Olivio, de Rovira, en 1976.
Etapa vazquesca.
Jaume Rovira i Freixa nace en Sentmenat en 1951 y llega a Bruguera en el 69. Pupilo de Escobar y entintador durante unos meses de Vázquez, es de la quinta de Esegé y March —otro vallesà y compañero de estudios—. Su obra más conocida en Bruguera es la serie Segis y Olivio, de profesión traperos (¡paf!, otro bofetón de posguerra en toda tu cara, niño incauto que venías a leer algo ameno mientras meriendas pan con nocilla). No obstante, caída Bruguera, Rovira es de los pocos que continúan en las revistas revividas por Ediciones B, y sigue allí hasta su final. En los Mortadelos de los 90, la tétrada de grandes rellenadores son Cera, Ramis, Maikel y él. 

Piluca, mismo autor, ca. 1989. Primera viñeta muy deudora de Jan. Basándome sólo en el letrero que se ve a medias, me apostaría una cena a que esa primera viñeta es el pueblo natal del autor.
Rovira es de estos cuatro el menos fecundo, y el de influencia más clásica (o sea, viejo). Pero esto le sienta bien. Hacer menos páginas que Ramis —nota: Ken Follett hace menos páginas que Ramis— le permite prodigarse en el dibujo. Y ahí ganamos todos, porque Rovira dibuja MUY bien. Hay documentación, hay paisajismo, hay minuciosidad, hay ecos de Uderzo. Hay tintes autobiográficos, lo cual siempre es bueno: uno dibuja mejor aquello que ama. Hay finísimos detalles de caracterización: Segis y Olivio conducían un Dos Caballos; Piluca cambia de ropa y peinado en función de las modas. Rovira es de los dibujantes que te encuentras hoy en un tebeo y piensas: "¿Cómo es que este tío no estaba haciendo cómic franco-belga?".

(La respuesta es sencilla: Sentmenat no está en Franco-Bélgica.)

Cinco Amiguetes es una serie creada en 1978, pronto instalada bajo las cabeceras de Zipi y Zape —súper, extra y sin plomo—. La premisa es de una literalidad intachable. Cinco chavales. Son muy amigos. Tienen un perro, que sería el sexto amiguete (plot twist!). Juntos forman una pandilla tan variopinta como permitía la escuela Bruguera o, siendo realistas, cualquier pandilla de amigos en una ciudad mediana de Catalunya en los setenta. La misma heterogeneidad de Verano Azul o Los Goonies. De hecho, para esos lectores de neurona laxa que lloran por la "diversidad forzada" en Star Wars, Cinco amiguetes representa una zona de confort. "¿Qué tal si metemos un gordo?" "Por qué no, siempre dan risa." "¿Y alguien con gafas?" "Buena idea, juguemos la carta intelectual." "¿Y una chica?" "Venga, un día es un día." "¿Y un negro?" "Eh eh eh pero esto qué es, ¿la ONU? ¡Basta de politizarlo todo!"

Doble página preciosa cortesía de Humoristan. (Por "cortesía" quiero decir que la he chorizao. Lo siento.)

La Panda, de Segura.
No es lo mismo.
Mi colección particular, que amén de exigua se encuentra a nueve mil kilómetros de donde estoy escribiendo esto, incluye tan poco material de los 5-A que soy incapaz de sacar siquiera sus nombres (por orden en la imagen de arriba: Juanjo, Nacho, Manolo, Bibi, Tato, y el perro Pirata. Gracias, Wikipedia). Aún tengo menos material cuando me doy cuenta de que Cinco amiguetes no es lo mismo que La alegre pandilla, una serie distinta creada por Segura (Roberto Segura, 1927-2008), ni que La Panda, ¡otra serie creada por Segura!

Superman y Clark Kent en la misma habitación: portada de F. Ibáñez de un Súper Humor (1a época, núm. 28, 1979). Salen todos los miembros de Cinco amiguetes (al fondo) y tres de La Panda.

Sí es bastante material para afirmar que Cinco amiguetes es una serie pausada, cosa rara en mis tebeos. Hay pocos gags, y menos memorables, pero el dibujo lo compensa. Las viñetas invitan a sentarse y reflexionar. Yo igual comía demasiado azúcar de niño para advertirlo. Pero lo advierto ahora. (Y aún como muchísimo azúcar.)

Foto de mierda, cortesía mía. Edgar blog bueno.

Ibáñez se arrepintió públicamente alguna vez de crear una serie de tres protagonistas como Chicha, Tato y Clodoveo, cosa que parece obvia siempre que se deshace de Chicha a la que puede (grave error). No creo que Rovira se arrepintiera de sus cinco personajes titulares; diría que lo planteó así para poder elegir cada semana. No tengo ninguna historieta en que salgan los cinco, pero las hay. Y claramente, cuando tocaba sacar a la plantilla entera, Rovira no bajaba el listón del dibujo:

Lo dicho de los ecos uderzianos. Si es que no hay como colorear con amor.

Sin embargo, que poco después el autor crease otra serie, Piluca, que podría ser la misma niña con el mismo perro y sin más guarnición, confirma que no necesitaba a una multitud para hablar de lo que quería hablar: de aventuras, travesuras, largos veranos y amistades inquebrantables.

Y una apostilla: es curioso que March y Rovira estudiasen juntos —lo dice él— porque no podrían ser dibujantes más distintos. March, todo rayas alargadas e histrionismo. Rovira, redondeado y tranquilo como una excursión campestre. Son el efecto bouba/kiki del cómic brugueril.

Contraste: March ca. 1987 vs. Rovira, 1978.
 

El final de la serie es el mismo de todas las series que discutimos por aquí: que B abandonó las revistas de cómics, y Jaume Rovira se pasó a la animación. Hoy estará jubilado. Supongo. No he querido molestarle. No puedo molestarle; no tengo su teléfono; soy un señor que hace un blog con los calzoncillos en la cabeza. No pidáis peras al olmo.

El legado de los Cinco amiguetes es relativo. Menor que el de Segis y Olivio, diría. Lo cual me parece tan predecible como injusto, porque S&O era cuadernismo gris, mientras que 5-A era modernidad y optimismo. Me ha gustado descubrir que tuvieron un álbum Olé, La fiesta de disfraces, del que estoy considerando seriamente pillarme una copia, y en números extra de la revista Zipi y Zape (1972-86) llegaron a tener historietas de hasta catorce páginas. Las cortas solían servir de relleno en Olés de Z&Z. Y poco más.

Y eso es lo que me parece irónico. Porque hoy día, cualquier proyecto narrativo que quiera apelar a nuestro niño interior, a la nostalgia en que nos refugiamos para escapar de la distopía que es el siglo XXI, tira sin rubor del recurso de la pandilla infantil: de las aventuras por vacaciones, bicicletas, acampadas, y pactos de lealtad eterna firmados a los once años.   

Dos productos de nostalgiaxploitation elegidos completamente al azar.

Lo cual parece indicar que si hoy alguien, inspirado por este blog o, más probablemente, por el dinero, resucitase a los Cinco amiguetes para una puesta al día o una adaptación hecha desde el respeto, el cariño y la molaridad, tendría números de convertirse en éxito. La fórmula está más que probada. Niños pasándolo bien. Es lo que funciona.

Es lo que debería haber funcionado en los ochenta, en realidad. Pero estábamos ocupados leyendo señores calvos con gafas. Yo qué sé.

lunes, 1 de julio de 2024

En una humilde cabaña





Páginas de Pulgarcito (7a época, núm. 83, 1982). Quizá "Esmeraldina" no sea la obra más injustamente olvidada de la historia del cómic, pero a mí, repasando este libro el otro día tras encontrarlo en el sótano, me hizo pararme en seco. Creo que fueron las abejitas y mariposas. 

En efecto, es Jan. 1973.

Siempre que me recuerdan cosas como que Mary Shelley escribió Frankenstein con 19 años, o que Mozart compuso su primera ópera a los 4 (valiente mierda debía de ser), yo pienso que Jan hizo Los Alienígenas con 45. Y ni siquiera me parece su obra maestra. No os dejéis achuchar por la sombra de genios precoces. El buen arte pide fuego lento.

lunes, 10 de junio de 2024

Helados que ya no existen (V)


Otro verano, otra sección que se resiste a morir.

Qué tiempos, cuando Barcelona se volcó en la preparación de aquellos juegos olímpicos como sólo un alcalde socialista se vuelca en lamerle la suela de las chanclas a un puto guiri. Derruimos barrios enteros, ondeábamos la bandera olímpica y extinguíamos a lametones iconos de la mascota oficial. Ahora, en cuatro años, la ciudad que hoy me acoge volverá a albergar una olimpiada, y noto que a la gente a mi alrededor no le podría sudar más el rabo. Hay tantas probabilidades de que Los Angeles se ponga guapa para los juegos de 2028 como de que yo saque café y un surtido Cuétara para el que me hace la lectura del gas. 

(Actualizado 28/07/24: El colega y protagonista de la emotiva historia inspiracional "De Rellenador a Editor: a Thursday Story", Guille Martínez-Vela, especula que el anuncio de arriba podría ser obra de Daniel Torres (Teresa de Cofrentes, Va., 1958). Hasta que alguien con más ímpetu lo contradiga, yo digo sí.

Y hablando de Guille, ¿ya sabéis que acaba de sacar unos cómics majísimos? ¿Y que está maquinando sacar más? ¡Pues id a verlo! ¡Que no vais a estar releyendo ectógrafos toda la vida!

domingo, 26 de mayo de 2024

Elegía del ectógrafo

Entro a saco: el personaje que menos me gusta de F. Ibáñez es El Botones Sacarino. Desde pequeño. Y nunca he sabido muy bien por qué. No creo que fuera el humor formulaico porque, seamos sinceros, no es que el resto de la obra de Ibáñez fuera innovación constante, y la peligrosamente obvia inspiración en el Gaston Lagaffe de Franquin no es algo que a mi yo de ocho años le quitase el sueño. 

Un Olé de 1985.
De los míos.
Sin embargo, muy aburrido tenía que estar yo para no pasar de largo las páginas de Sacarino que solían concluir la mayoría de álbumes Olé de Mortadelo en los 80. "Mortadelo y Filemón con el Botones Sacarino" es la cabecera más frecuente en mi (lo admito) fragmentaria colección. Sacarino era el relleno de los álbumes Olé. Quizá por eso lo menospreciaba.

Pero hace un año se me ocurrió otra posible razón: no estoy seguro de tener ni una página de Sacarino dibujada por Ibáñez.

Revista Sacarino, 1975.

No estoy diciendo que no existan, ojo. Sacarino fue creado para la revista DDT en 1963 (aunque la estructura tradicional de sus historias, con un "presi" que recibe los golpes y un "dire" que recibe golpes y castigos del presi, nace en el 66); en el 75 tuvo incluso revista propia, que duró seis meses, según Tebeosfera. No cuestiono que Ibáñez hizo al menos las portadas; el estilo es inconfundible. Pero ese estilo está a años luz de las páginas que cierran mis Olés viejos de los 80 en adelante. Como muestra, tres botones. (Sacarinos. Ja, ja. Ah, musas del humor, dejadme vivir.)

Pido disculpas por la calidad pésima de estas fotos. Desde que me embarqué en este blog en 2013 ha habido algún que otro cambio en mi vida; por ejemplo, que me cambié de país y me dejé el escáner encima del piano. También notaréis que, fotos aparte, las historietas son una puta mierda. Eso no es culpa mía. Las tres acreditan a guionistas (José María Casanovas, Jaume Ribera, Jesús de Cos) y ninguna divulga al dibujante. Lo que me lleva al tema del que quería hablar hoy: los ectógrafos.

*

A ver, lección de tebeología 101: hay toneladas de material de personajes de Ibáñez que no es de Ibáñez. Lo escribieron y dibujaron ectógrafos (= negros, en castellano problemático). Tebeólogos más rigurosos que yo, que son todos, los han enumerado, historiado y hasta entrevistado. Old news. Sigan andando, nada que ver.

Pero una cosa es saber esto, y otra muy distinta es repasar tu propia pila de los tebeos y descubrir cuánto de lo que consumiste de crío era gato por liebre. La última vez que yo pasé por Villa Cantero me dio por contar las páginas de Ibáñez en un Super Humor enteramente de personajes de Ibáñez (B, primera época, n.º 37). Conté seis. Seis. Un Super Humor son 320 páginas.

Osete, ectógrafo prolífico.

Por supuesto que esta no es la peor mentira que nos han colado a la generación de la Transición. Véase la Transición, sin ir más lejos. Además, cuando eras pequeño esta información no te importaba mucho; ni siquiera tenías claro el concepto de autoría; tú querías tebeos y punto. No obstante, la existencia de los ectógrafos ya empañaba a veces la lectura: yo recuerdo perfectamente, siendo muy niño, quejarme a mi madre de que una historieta de Mortadelo "estaba mal". No sabía expresarlo de otro modo. Ahora sé que lo que pasaba es que era de Osete. Imagino que es como se siente un niño que pide el DVD de Cars y recibe el mockbuster brasileño Os Carrinhos. Con la diferencia de que aquí no podías culpar a tu abuela por ser una cutre que compra los DVD en el bazar chino, porque en el caso de los tebeos, el falso y el genuino estaban uno al lado del otro en el kiosco, publicados bajo el mismo sello. Bruguera era su propio Vídeo Brinquedo.

Mi experiencia con los mortadelos apócrifos durante mi infancia, pues, se resume en que eran mayormente invisibles, y si yo conseguía verlos, malo.

Pero ya no soy un niño, como se empeñan en recordarme mi alopecia y el segurata del chiquipark. Ahora sé apreciar a los artistas que trabajan en la sombra. Conste que en general, ahora mismo, creo que no les falta aprecio entre la intebeolligentsia: casi todo lo que he leído sobre ellos es amable, agradecido, y francamente más piadoso de lo que escribiría yo. No obstante, en mis incursiones en mi baúl de los tebeos sí ha habido al menos tres hallazgos que me han hecho pensar que los ectógrafos merecían, al menos, un post, un hey, un hasta luego y gracias por el pescado.

 

1. Las criaturas de cera vivientes (1982)

Ramón María Casanyes (n. Barcelona, 1954) no es sólo uno de los ectógrafos más reconocibles y productivos de mi colección; también es un pionero en la reivindicación de su oficio. En 2010 escribió y publicó un documento de dieciocho páginas resumiendo su trabajo a la sombra de F. Ibáñez, al que nunca conoció, desde que entrara en 1975 en el Bruguera-Equip, la fábrica de los mortadelos apócrifos. Si no lo habéis leído, es lectura obligada. Un texto amargo, descarnado a veces, pero no carente de ilusión. La experiencia de un soñador atrapado en la rueda del capitalismo.
 
Este contraste, a posteriori, es obvio en las mismas páginas de Casanyes. Él mismo afirmaba que Bruguera pretendía formar un equipo de "autómatas", generadores de páginas para alimentar a la imprenta insaciable. Pero evidentemente los artistas detrás de esas páginas no eran robots. Por mucho que les fastidiara a sus jefes, Casanyes tenía personalidad, talento y (sobre todo de joven, como suele pasar) ganas de lucir. Y cuando Ibáñez ya se había encadenado a los planos fáciles y la escenografía escasa, Casanyes, por ejemplo, hacía esto:
 

 
La historia se titula Noche terrorífica, y es de 1977. Este esmero en la ambientación de las últimas viñetas, reconozcámoslo, no es algo que en Mortadelo se diera por sentado, Ibáñez o no. Pero en las cuatro páginas de esta historieta, Casanyes se regala. Los referentes ibañecescos no dejan de ser obvios; el coche elegido, por ejemplo, parece sacado del que Ibáñez dibujó en El Sulfato Atómico (álbum del que, según Casanyes, había originales en la redacción de Bruguera de los que los ectógrafos tenían prohibido copiar, por ser el estilo demasiado elaborado); del murciélago y el castillo también encontraríamos antecedentes. Pero el entintado prolijo, el plano con profundidad y el currazo evidente es todo Casanyes: un dibujante ambicioso de 23 años al que el encargo de hacer mortadelos apócrifos no le resta entusiasmo. Esto un autómata no te lo hace.
 
Otro ejemplo de Casanyes copiando de la pila
de los mortadelos buenos: véanse los detalles de
la ropa, y cameo del toro de Valor y al ídem.

Repasando mi colección me doy cuenta de que he leído muchísimo Casanyes. Y aunque con ojos adultos la diferencia con Ibáñez es evidente, de niño debía de ser el autor apócrifo que me molestaba menos. Sí, Ibáñez es mejor guionista y humorista, pero Casanyes no tiene miedo a probar cosas nuevas. Ibáñez se encasilla enseguida en patrones que le funcionan: puede hacer ¡A la caza del cuadro! treinta veces (sustituyendo cuadros por calcetines, llaves, diamantes de la gran duquesa) y confiar en que los gags los harán bastante distintos. Casanyes se obliga a hacer historias distintas desde el planteamiento.

Primera página de Las criaturas
de cera vivientes
.
Me sorprende que su famoso texto no mencione, por ejemplo, su primer largo de 44 páginas, Las criaturas de cera vivientes (1982). Aunque en gran medida parece Casanyes haciendo su propia versión de Los Monstruos (1973), la historia tiene méritos propios: más continuidad entre episodios, cliffhangers, y un villano con bastante carisma. Yo poseo un solo episodio en una revista vieja, el del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, que se desarrolla en un sanatorio donde el Súper ha sido ingresado, y lo recuerdo quizá como el único largo de Mortadelo que realmente me despertó curiosidad por encontrar las entregas anteriores y posteriores.

No he podido comprobarlo, pero puede que cronológicamente sea el primer largo de Mortadelo sin intervención de Ibáñez.Casanyes también abrió una puerta ahí. No tardarían en entrar otros.


2. La amenaza (1983)

Si Ibáñez hubiera escrito/dibujado/participado remotamente en este álbum, estoy seguro de que figuraría en las altitudes de muchos ránkings. Seguramente con otro título, además; Ibáñez lo habría llamado "Mogollón en la redacción". Pero como su autor no es Ibáñez, sino un ectógrafo llamado Jordi David Redó (Barcelona, 1950), pues aquí nunca se habla del mayor crossover del Ibañezverso. 

La historia empieza discretamente: como una historieta de Sacarino de relleno. Tu primera impresión es que has dado con el peor álbum Olé jamás editado: un "Mortadelo + Sacarino" en que el Sacarino empieza ya en la página 1. Pero en la página 3, la cosa empieza a ponerse interesante.
 

A partir de este punto, Mortadelo y Filemón se unen a la aventura, apareciendo muy esporádicamente para acabar de rubricar las catástrofes provocadas por Sacarino y su BFF de travesuras. Al BFF, por cierto, quizá le conoceréis también.
 
 
En serio no entiendo cómo a nadie más que a Redó se le ocurrió emparejar a Sacarino con Tete Cohete. En un país del primer mundo habría yaoi de estos dos. Tete y Sacarino explorando sus cuerpos.

En fin. La historia es episódica, pero con cierta continuidad. A medio camino también se unen por ahí el enésimo par de catástrofes calvas de la ganadería Ibáñez:
 
 
Y por supuesto termina con devastación absoluta y nueve personajes titulares en la misma viñeta. Hasta diez, si cuenta el tributo a 13, Rue del Percebe.
 
 
¿Es una buena historia? Mmmno. Ni en dibujo ni en gags gana al Ibáñez más fatigado. Pero representa una ejecución bastante digna de una idea muy buena que Ibáñez tuvo sesenta años para desarrollar, y nunca lo hizo. Hizo falta un outsider para verlo. El outsider fue Redó. Autor de la historia de Sacarino más innovadora hasta que salió esta otra: 


3. El escarabajo de oro (1985)

Este largo me salió en un Super Humor (B, 1a, núm. 52) y todavía me dura el asombro. O sea, ¿un largo de Sacarino, bastante bien dibujado, y que incluye localización exótica, continuidad y un secundario femenino? ¡¿Con  tintes de romance?! ¿Qué está pasando? ¡¿Acaso un quiropráctico le ha tocao un nervio a Ibáñez y le ha curado el cinismo?!


 
Años después de leerlo, resolví el misterio: El escarabajo de oro lo escribió y dibujó enteramente Lourdes Martín (Barcelona, 1958), y la razón tras este nuevo rumbo del personaje de Sacarino (podríamos decir la segunda fase de su spirouización, imitando al botones de Franquin no ya en aspecto sino en tipo de historias) es que se trataba de un encargo de una editorial alemana. Martín, que había sido ectógrafa al cuadrado, es decir, ectógrafa de ectógrafo, trabajando de ayudante de Casanyes (y que es también, creo, la primera mujer de la que hablo aquí en trece años; denme mi medalla de aliado feminista) hizo el álbum para Alemania y más tarde lo vendió también a B en España, razón por la que aparece en mi Super Humor. 

No fue el último intento de reciclar a Sacarino en un personaje algo más tintinesco: el mismo Super Humor contiene un segundo largo de Sacarino (sí, ya es mala suerte), esta vez con guion y dibujo de Miguel Fernández (Barcelona, 1963; no es el Miguel que dibujaba al personaje Fernández). La historia se titula El retorno de titi (1985), e incluye viaje en barco, isla desierta, y un simpático alienígena inspirado clarísimamente en otra franquicia más popular. Una mascota a medida para el Spirou barcelonés, vaya. 
 
Sí, Sacarino, es clavado a E.T.
La película ochentera que me viene
a la cabeza cuando veo este bicho
es sin duda E.T. Andaquetacuestes.

 
El caso es que Sacarino y Titi (es como se llama el mogwai este) viven unas cuantas aventuras muy poco memorables, hasta el final del álbum en que ambos se despiden y se produce, creo, la única instancia de personaje de Ibáñez derramando lágrimas no irónicas. Ojo, que estamos yendo where no calvo had gone before.
 

Una vez más: ¿me parecen buenos álbumes? No. ¿Me parecen muy loables intentos de renovar personajes que ya huelen? Absolutamente. 
 
Y por cierto, siempre ha estado en el aire la cuestión de hasta qué punto Ibáñez era consciente de la existencia y la obra de ectógrafos hasta el cierre de Bruguera (1985). Sólo quiero mencionar que las portadas alemanas de Las criaturas de cera vivientes y El escarabajo de oro parece haberlas hecho él. Y la primera incluso contiene un personaje diseñado por Casanyes.


*

Para muchos de nosotros Ibáñez fue nuestra gateway drug al cómic. Pero no sé cuánto habríamos tardado en pasar a mandanga más fuerte si el Ibáñez que consumíamos no viniera cortado con tanto material subpar. Todos empezamos con Mortadelo, pero también fue el primero al que renunciamos. Astérix, Tintín, Superlópez... son más reivindicables cuando eres mayor. En cambio, cuando conozco a un adulto que me asegura seguir leyendo a Mortadelo con pasión, pienso si no debería acompañarle a casa y hacerle la compra. 
 
Ese desprestigio de Mortadelo es enteramente culpa de la superproducción de su autor, impuesta o autoimpuesta, que diluye el impacto de sus obras más memorables. Bruguera y B contratando a ectógrafos no hicieron más que ampliar aún más ese acervo, aguar más el vino, cortar más la merca. 
 
Pero a mí no me interesan las decisiones editoriales estúpidas, valga la redundacia, sino los artistas que las sufren: los ectógrafos en sí. Y aprecio sinceramente que dentro de las enormes restricciones creativas que se les imponían fueran capaces de explorar territorio nuevo. Que obligados a vivir en la sombra, aún tuvieran ganas de brillar un poquito. Ese es el espíritu del autor de relleno.
 
Viñetas de El crecepelo
infalible,
de Miguel Fernández (1985).
Casanyes ahí sentó un poco de cátedra: todos los largos del Bruguera-Equip después de Las criaturas son malos, pero no tiran de fórmula, y eso es algo. A la caza del Chotta (1985) es olvidable, pero le reconozco que se adhiera a la ambientación de alta montaña. El crecepelo infalible (id.), de Miguel Fernández, es una historia de 44 páginas no episódica (tipo El sulfato atómico) y que a veces hasta da la sensación de parecerse al género de espías que M&F supuestamente parodian. Es una época (la del cambio Bruguera-B) muy vilipendiada, y con razón. Es una mierda. Pero como público objetivo, como niño al que le tocó leer esa mierda, debo decir: al menos vi la diferencia. Vi artistas intentando hacer algo un poquito nuevo.
 
E irónicamente, gracias a que el botones Sacarino fuera el personaje menos popular, aquel del que Ibáñez quería saber menos, es con el que los ectógrafos se sintieron libres de experimentar más, y del que en esa época salieron cosas más interesantes. 
 
¿Exitosas? No. ¿Interesantes? Sí. Decidid vosotros qué cualidad os parece más importante. Yo lo tengo claro.